lunes, 2 de marzo de 2015


Gustavo Ogarrio
A los familiares de los normalistas asesinados y a los familiares de los 43 desaparecidos
México vive un momento enfáticamente grave, una época de violencia altamente deshumanizada. Un país del horror se está formando en este presente en el que acontecen masacres que elevan aleatoriamente su nivel de crueldad, cierta divulgación mediática y política del terror, exterminios de seres humanos imposibles de identificar: quemados, desollados, borrados, pulverizados. Asesinatos de indocumentados centroamericanos, fusilamientos por parte del Ejército de presuntos sicarios, homicidios y desaparición de normalistas, fosas clandestinas que pueblan el subsuelo de la misma nación que acelera la implementación del segundo ciclo neoliberal, el más destructivo y en el que corren paralelas las dos privatizaciones de la vida pública: la de las reformas estructurales impulsadas por el gobierno de Enrique Peña Nieto y por los tres principales partidos políticos (PRI, PAN, PRD), y el proceso en el que las fuerzas informales y criminales del mercado neoliberal, ya sin controles nacionales, se apoderan del Estado mismo, lo que llaman simplificadamente como narcoestado.
Un país del horror que está a punto de consumar un olvido casi perfecto del horror anterior: las matanzas de Acteal y de Aguas Blancas, las mujeres muertas en Ciudad Juárez; los miles de seres humanos cuya muerte ha sido estigmatizada y borrada por el expresidente Felipe Calderón como “daño colateral” en su presunta guerra contra el crimen organizado. Ningún acto básico de justicia que reordene la memoria inmediata de la violencia, que simbolice una mínima reparación del daño o que impida la normalización del exterminio selectivo o aleatorio. Se puede afirmar que la incapacidad del Estado mexicano para garantizar la seguridad y la justicia ante estas masacres está modificando la idea y la experiencia contemporánea de la muerte, las fronteras siempre porosas entre lo que una sociedad acepta como destino ineludible y su relación con el riesgo latente de morir asesinado en una espeluznante ruleta rusa regionalizada.
La violencia extrema y la suma de horrores también ponen al límite la noción misma de país. La anhelada condición postnacionalista, que supuestamente traería una apertura democrática sin precedentes, derivó hacia una época de horrores acumulados. En México, la “sociedad del riesgo” que propone Ulrich Beck para interpretar la lógica del actual capitalismo global, se está deslizando hacia una sociedad del exterminio selectivo y al mismo tiempo aleatorio, una sociedad herida y muchas veces despedazada, al borde de una parálisis que muchas veces le obliga a enmudecer sus testimonios y a callar su dolor.
Sin embargo, esta sociedad castigada y agredida sistemáticamente también busca sus propias palabras para dolerse y demandar justicia, para decirle al poder político, a la alianza monstruosa entre el Estado y el crimen organizado, palabras inesperadas: “Discúlpeme, Señor Presidente, pero no le doy la mano, usted no es mi amigo. Yo no le puedo dar la bienvenida. Usted no es bienvenido. Nadie lo es” (Palabras de Luz María Dávila, madre de Marcos y José Luis Piña Dávila, jóvenes asesinados en Villas de Salvárcar, Ciudad Juárez, el 20 de febrero de 2011, a Felipe Calderón, en ese entonces presidente de México). Una sintaxis para nombrar la barbarie y la autodestrucción del Estado mexicano también se abre paso en esta época de horror acumulado que quiere imponer a como dé lugar su normalización. Una primera etapa de testimonios directos de esta barbarie se han multiplicado en los últimos años, un derecho a la memoria inmediata frente a la incapacidad jurídica del Estado mexicano para transformar esos testimonios en justicia. Quizá un segundo ciclo de memoria explicativa ante la acumulación de horrores de los últimos años se encuentra en puerta: sus huellas están inscritas en las razones todavía enigmáticas por las que una parte muy significativa de la sociedad mexicana, con resonancia internacional, se indignó ante la matanza de seis normalistas y 43 desaparecidos de la Escuela Normal de Ayotzinapa, una masacre ocurrida en Iguala, Guerrero, la noche del 26 y la madrugada del 27 de septiembre de este año. Estos hechos prácticamente desnudaron la simbiosis última del Estado mexicano con el crimen organizado: los normalistas fueron baleados y secuestrados por policías municipales y un comando armado, ante la omisión de integrantes del Ejército y de la Policía Federal.
La violencia extrema ha dejado de ser la historia secreta del país, o al menos eso parece en nuestra época. La voz también exterminadora del Estado y su resonancia en los grandes monopolios de la comunicación, como Televisa y TV Azteca, parece en nuestros días sumamente preocupada: la palabra de las víctimas y de una sociedad quebrada, a veces enfurecida y temerosa, también resuena a nivel internacional y amenaza con romper la armonía de ese celebrado México postnacional, de una brutal economía de mercado a la que únicamente le interesa salvar la imagen mercantil del país. A su manera, los tecnócratas neoliberales que han gobernado en las últimas tres décadas también se sienten a gusto en el vértigo de avanzar hacia ningún país, hacia una condición global, y ven como una amenaza cualquier evocación que apele a cierto humanismo que restituya la justicia y la dignidad de las víctimas o de los “daños colaterales”. Quisieran que de eso no se hable. Sin embargo, el país estalla también en palabras que alcanzan a nombrar su propia desintegración: “Fue el Estado”, afirma una voz colectiva de indignación social ante la desaparición forzada de 43 normalistas en Guerrero.
¿Qué puede decir la poesía sobre la violencia de los últimos tiempos? ¿Cuáles han sido las poéticas del desarraigo nacional durante el último siglo que han registrado artísticamente la erosión de México como país? Partimos de la idea de que estos poemas que enuncian cierto desarraigo o un particular alejamiento del nacionalismo mexicano no son meras expresiones episódicas de la relación entre poesía, nación y dolor; consideramos que significan otra manera de escribir poesía: una estética de la palabra que en momentos de suma violencia por parte del Estado mexicano, en su reiteración exterminadora contra la sociedad, emprende su propio camino hacia ningún país. Vamos a aludir a poemas como “¡Mi país, oh mi país!”, de Efraín Huerta; “Alta traición”, de José Emilio Pacheco, “Los muertos”, de María Rivera, y algunos textos del libro de Jorge Humberto Chávez, Te diría que fuéramos al río Bravo a llorar pero debes saber que ya no hay río ni llanto: visiones artísticas y críticas desde la poesía ante brutales crisis del sentido moderno de lo que significa un país, y en las que, de cierta manera, también se opone la palabra a esa condición nacional destructiva y de exterminio.
Un país amortajado y envilecido:
Efraín Huerta bajo la negra niebla de la represión
Fechado el 4 de abril de 1959, días después de que ocurriera la incursión del gobierno mexicano para romper violentamente la huelga de los ferrocarrileros, Efraín Huerta escribe el poema “¡Mi país, oh mi país!”, uno de sus más concentrados poemas políticos, una caja de resonancia de lo que será la trágica década de los años sesenta del siglo XX en México. Así comienza la enunciación poética en contrapunto de Huerta:
Ardiente, amado, hambriento, desolado,
bello como la dura, la sagrada blasfemia;
país de oro y limosna, país y paraíso,
país-infierno, país de policías.
Largo río de llanto, ancha mar dolorosa,
república de ángeles, patria perdida.
Efraín Huerta certifica la pérdida de la patria en la irracionalidad de la represión, abre los caminos de la modernización política de la poesía y establece una continuidad con el contrapunteo de las imágenes que guían otro de sus poemas más inquietantes, “Declaración de odio”, en el que la Ciudad de México es la protagonista de la enunciación aciaga que se debate entre el odio perfeccionado y ese “candor de virgen desvestida”: “Ciudad negra o colérica o mansa o cruel”.
En “¡Mi país, oh mi país”!, Huerta consigna la vehemencia lírica de una poesía enfáticamente política que es también una exclamación privada y colectiva del desarraigo nacional: “¡Oh país mexicano, país mío y de nadie! / Pobre país de pobres. Pobre país de ricos.” A medio camino del inefable “milagro mexicano”, Huerta es testigo directo, a través de su poesía y de su militancia política, de la incompatibilidad de un país escindido no sólo por la represión en contra de los ferrocarrileros, sino también por la pobreza acumulada e invicta en medio de la supuesta bonanza económica que dejaría la época célebre de la “sustitución de importaciones”. El país trágicamente poetizado de Huerta pierde sus límites cuando al “granadero lo visten/ de azul de funeraria y lo arrojan/ lleno de asco y alcohol/ contra el maestro, el petrolero, el ferroviario,/ y así mutilan la esperanza”. Esa ruta simbólica del ferrocarril –“Buenavista, Nonoalco, Pantaco, Veracruz…”– es también la ruta de un país amortajado, envilecido, en el que el poeta adquiere un tono de solidaridad y dolor que lo obligan a evocar la realidad desde un “hermanos míos” y desde una irónica referencia al intervencionismo estadunidense: “¡Gracias, Becerro de Oro!¡Gracias, FBI/ ¡Gracias, mil gracias, Dear Mister President!”. En el centro de este poema se anudan las condiciones de vulnerabilidad política de la época, la represión y el miedo, pero también la dignidad de los que comienzan el descenso al “fondo de la nada”. Un poema de mínima expresión utópica, de estallamiento de la nacionalidad transformada en el monopolio exterminador de la violencia por parte del Estado: muertos sin ataúd que sueñan “el sueño inmenso/ de una patria sin crímenes”.
El ’68 y la poesía de José Emilio Pacheco:
el año poético de una traición consumada
En el “año axial” de 1968, como lo ha llamado Octavio Paz, José Emilio Pacheco publica uno de los poemas más citados cuando de distanciarse del nacionalismo exterminador se trata: “Alta traición”, que pertenece al libro No me preguntes cómo pasa el tiempo. El poema resiste la evocación constante y casi estereotipada gracias a una extrema concentración del desarraigo no panfletario:
No amo mi patria. Su fulgor abstracto
es inasible.
Pero (aunque suene mal) daría la vida
por diez lugares suyos, ciertas gentes,
puertos, bosques, desiertos, fortalezas,
una ciudad deshecha, gris, monstruosa,
varias figuras de su historia,
montañas
–y tres o cuatro ríos.
Esta “alta traición” a la patria es la elección íntima de otro país. Una geografía menos agresiva de lo colectivo, una evocación suave y concreta de episodios no épicos del nacionalismo. El inicio del poema es uno de los más contundentes de la poesía mexicana contemporánea: ese “no amo a mi patria” resuena más como un lamento que como una herejía secular, más como el estallamiento subjetivo del propio país que como una estridencia antinacionalista. Es imposible no relacionar el poema de Pacheco con la matanza de estudiantes en Tlatelolco en 1968: la mostración indirecta a través del desapego en el que se cuestiona ese “fulgor abstracto”, el desamor ante la avalancha oficial del nacionalismo, es apenas una murmuración alegórica, un gesto de inigualable poder evocativo ante la barbarie del Estado mexicano y de los ecos de una nacionalidad metafísica que justifica la matanza de estudiantes.
En otro registro de esta traición poética de Pacheco, en el libro Los trabajos del mar, que recoge poemas que van de 1979 a 1983, encontraremos otra elaboración crítica del desarraigo y en la que el país, focalizado en el “telón irrespirable” de Ciudad de México, también se despeña ante cierta intimidad escéptica. “Malpaís” es la unidad que forman siete poemas que José Emilio Pacheco escribe para consumar, de alguna manera, su canto de tinieblas y de su propio e íntimo desarraigo nacionalista: “Cada país suele mostrar temeroso/ una pinacoteca de sanguinarios ladrones.”
Poéticas en la era de los cuerpos dolientes: poesía, crimen organizado y la autodestrucción del Estado mexicano
En su libro Decadencia y caída de la ciudad letrada, la crítica literaria Jean Franco advierte sobre una profunda regresión humanitaria en las sociedades latinoamericanas a finales del siglo XX y comienzos del XXI: “Actualmente, cuando los Estados han abandonado prácticamente el intento de mejorar la suerte de sus ciudadanos, confiando en el mercado para crear oportunidades y garantías, el delincuente es el pararrayos de todas las enfermedades sociales… La violencia es epidémica.” Esta época de los “cuerpos dolientes”, de los cuerpos literalmente desintegrados por una automatización política y social del “impulso de muerte”, nombrar desde la poesía a estas situaciones límite a las que se enfrentan sociedades como la mexicana resulta altamente riesgoso. Sin embargo, la espeluznante dialéctica que genera la figura de los miles de desaparecidos y exterminados por la insostenible “guerra” emprendida por el Estado mexicano contra el crimen organizado, obliga también a que tanto la palabra pública, política y social, como la palabra poética, no enmudezcan o que eviten también colapsarse ante el horror de los crímenes y las desapariciones. Esta palabra, en el caso de los crímenes de Ayotzinapa, ya ha conquistado su derecho a nombrar el límite de toda una época: “Fue el Estado”; “Fuera Peña Nieto”.
Un poema de María Rivera ilustra el difícil tránsito por esa frontera casi impenetrable entre el lenguaje cuasi-artístico que nombra la desaparición y el horror. Su poema “Los muertos” enuncia directamente el espanto de esas muertes en la era de la globalización del crimen organizado y de su articulación política y criminal al Estado nacional en su fase de autodestrucción: “Allí vienen/ los descabezados,/ los mancos,/ los descuartizados,/ a las que le partieron el coxis,/ a los que les aplastaron la cabeza.” A riesgo de perder la forma misma de la enunciación poética, de llevarla al extremo de la denuncia, el poema de Rivera cumple puntualmente con el imperativo de humanizar, con estos golpes de poesía directa, fúnebre y política a un mismo tiempo, a las víctimas de la violencia en México de los últimos años. Su recuento es básicamente nominativo sin perder de vista el trabajo básico de la metáfora y la alegoría en tiempos de oposición también a los lenguajes destructivos tanto del Estado como del crimen organizado: “¿De dónde vienen, de qué gangrena,/ oh linfa,/ los sanguinarios,/ los desalmados, los carniceros asesinos?”
¿Cómo la regionalización del asesinato masivo en México ha marcado la memoria inmediata de ciudades como Juárez o Tijuana? Jorge Humberto Chávez ha escrito uno de los poemarios de mayor crudeza y ternura en su registro de esta violencia en espiral que arrasa comunidades enteras, su título es ya un breve poema del agotamiento del llanto y de un cierto sentido de frontera en Ciudad Juárez: Te diría que fuéramos al río Bravo a llorar pero debes saber que ya no hay río ni llanto. En el poema “Crónica de mis manes”, Chávez establece esta espiral de violencia desde la muerte del padre hasta la desintegración íntima y familiar del país en manos del “nuevo gobierno”: “mi padre tuvo la sabia idea de refugiarse en un hospital/ y morirse el mismo día/ en que el pueblo votó al nuevo gobierno/ y no alcanzó a ver/ que empezaron a caer como moscas/ primero los del otro lado de la ciudad/ luego los de la colonia contigua más tarde los conocidos/ después los vecinos/ finalmente el atardecer nos regaló la muerte del amigo/ y del hermano”.
Qué país tan grave, tan ninguno, con su aliento carnívoro y su fantasía vegetal de afectos y virtudes, este no país del acoplamiento brutal entre vida y muerte.
La intervención y la entrega
Carlos Fazio
E
stados Unidos quiere legitimar su añeja intervención de factoen México. El sexenio pasado, mediante los llamadoscentros de fusión bilaterales, Washington penetró a los organismos de seguridad e inteligencia del Estado mexicano, y ahora quiere que miles de agentes encubiertos que actúan en el territorio nacional puedan portar armas de manera legal. El vehículo para consumar esa antigua exigencia es elnuevo PRI de Enrique Peña Nieto. Primero lo ablandó, y ahora, al igual que hizo antes con Salinas, Zedillo, Fox y Calderón, obliga a Peña a que sea él quien proponga que sus agentes porten armas en México.
La iniciativa para reformar la Ley Federal de Armas de Fuego y Explosivos fue enviada al Senado el 24 de febrero. ¿Objetivo? Permitir que agentes de Inmigración y Aduanas de Estados Unidos (ICE, por sus siglas en inglés) puedan actuar armados en México como parte de un programa de preinspección conjunto, similar al que Washington tiene con Canadá. Más allá del eufemismo de que las autoridades migratorias de un país ejerzan sus facultades en el territorio del otro(sic), la intención es permitir que agentes estadunidenses revisen la documentación y consulten en bases de datos el movimiento de pasajeros en puertos y aeropuertos internacionales de México, y controlen y supervisen los cargamentos de mercancías de exportación e importación en las aduanas mexicanas.
La iniciativa de Washington, encomendada a Peña, propone que sus agentes porten armas reglamentarias calibre 40 (máximo), y que los escoltas del presidente, ministros y altos funcionarios de Estados Unidos puedan actuar armados en México para su adecuada protección. Según el secretario de Relaciones Exteriores de México, José Antonio Meade, se trata de “armonizar (…) sin nin­guna ambigüedad” la legislación de México con la de Estados Unidos; argumentó que la actuación de agentes estadunidenses armados en el territorio nacional es importante y relevantepara la generación de mejores espacios de competitividad y prosperidad compartida en la región norteamericana.
Titular de una cancillería otrora baluarte en la defensa de la no intervención −hasta que Vicente Fox y Jorge G. Castañeda Gutman propusieron una cesión inteligente de soberanía−, Meade sabe que los agentes del ICE, la DEA, la CIA, el Pentágono, la FBI, la ATF (Alcohol, Tabaco y Armas de Fuego) y de otros servicios de inteligencia han venido actuando armados y de manera encubierta en el país desde hace años. Recientemente, un ex miembro de la CIA estimó en 25 mil los agentes clandestinos de EU en México. Y apenas en noviembre pasado The Wall Street Journal (WSJ) reveló que funcionarios del Servicio de Alguaciles del Departamento de Justicia de EU, armados y disfrazados de elementos de la Secretaría de Marina de México, participaron al menos cuatro veces al año en operativos antinarcóticos en el territorio nacional, con apoyo de agentes de la DEA y la FBI. Según elWSJ, en la captura de Joaquín El Chapo Guzmán intervinieron agentes encubiertos de Washington, y un alguacil resultó herido en Sinaloa en julio del año pasado durante un operativo contra el grupo de los hermanos Beltrán Leyva; rescatado por un militar de la Marina, fue trasladado a Culiacán y luego a Texas.
Desde 2005, con la Alianza para la Seguridad y la Prosperidad de América del Norte (Aspan), y después bajo la cobertura de la Iniciativa Mérida (2007), EU ha venido aumentando de manera exponencial su injerencia política, policial, militar y de inteligencia en México. Pero el dato revelado porThe Wall Street Journal exhibe que los agentes estadunidenses actúan aquí incluso con recursos del propio Estado mexicano −como son las armas y los uniformes de la Marina−, en actividades que sólo corresponden a las corporaciones nacionales. El hecho indica que el gobierno de Peña Nieto ha avanzado un escalón más en la abdicación de sus potestades soberanas, con el agravante −sin ambigüedad alguna− de que en el marco de la tan cacareadacooperación, Washington ha abastecido con armas de alto poder a las organizaciones criminales mexicanas que dice combatir, como quedó demostrado en los operativosRápido y Furioso y Receptor Abierto.
La iniciativa de Peña, ahora, de armar a los agentes estadunidenses en México, se la había dejado de tarea el presidente Barack Obama en la reunión que ambos sostuvieron en Toluca en el marco de la Cumbre de Líderes de América del Norte, el 19 de febrero de 2014. En abril siguiente, durante la segunda Reunión Trilateral de Ministros de Defensa de América del Norte, Canadá, Estados Unidos y México, acordaron buscar respuestas conjuntas a las amenazas transnacionales. Reunidos en la sede de la Secretaría de la Defensa Nacional, ante el ministro canadiense Robert D. Nicholson y su homólogo estadunidense Charles Timothy Hagel, el titular del arma, general Salvador Cienfuegos, aseveró que existe una importancia geoestratégica en América del Norte que nos impulsa a estrechar lazos para atender amenazas que son de naturaleza diversa y alcance multilateral. En la declaración conjunta, los tres ministros de Defensa y el secretario de Marina, almirante Vidal Soberón, señalaron que debido a la profundidad de nuestras relaciones, geografía, demografía e integración económica, los tres países comparten intereses mutuos de defensa. ¡Joder! ¡Al diablo con las asimetrías!
No hay duda de que el lenguaje de la Aspan ha impregnado el vocabulario de quienes deberían defender la soberanía nacional. En su último tramo, el libreto fue confeccionado por el todopoderoso Consejo de Relaciones Exteriores de Nueva York, cuyo informe de octubre pasado proponía una estrategia de seguridad unificadaen Norteamérica y mayoresconexiones de energía de Estados Unidos con Canadá y México. Parafraseando a Bill Clinton, cabría gritar: Son los hidrocarburos, estúpido. Pero eso Peña sí lo entiende y sigue en camino para consumar la entrega.


México merece mejor gobierno
John M. Ackerman
E
l régimen autoritario aprovechó el pasado Día de la Bandera y 194 aniversario de la emisión del Plan de Iguala para pisotear los principios fundamentales de paz, unidad y soberanía que inspiraron la creación de la nación mexicana. El martes 24 de febrero, Enrique Peña Nieto reprimió con lujo de violencia a maestros en Acapulco que exigían el pago de sus salarios, inauguró un nuevo cuartel militar en Michoacán cofinanciado por oligarcas y presentó una iniciativa de ley para legalizar la portación de armas por agentes extranjeros.
Apenas tres días después, el Presidente ratificaría su compromiso con el virreinato proponiendo a Arely Gómez, hermana del vicepresidente de noticiarios de Grupo Televisa, para la PGR. El PRI también anunciaría que su lista de diputados plurinominales incluía a la madre de Cuauhtémoc Gutiérrez de la Torre, la hija de Manlio Fabio Beltrones, dos generales, un directivo de Te­levisión Azteca y una actriz de Televisa. La semana anterior, Peña Nieto ya había propuesto a su amigo y cómplice Eduardo Medina Mora, alguien también cercano a Televisa y responsable por la fallida guerra de Felipe Calderón, para ministro de la Suprema Corte.
Queda claro de cuál lado de la historia se coloca el actual mandatario. Para Peña Nieto la represión y la televisión son más importantes que la educación, las fuerzas armadas deben servir al poder económico en lugar del pueblo y los extranjeros pueden imponer su voluntad impunemente en todo el territorio nacional. Con razón el papa Francisco teme la mexicanizaciónde su tierra natal y Alejandro González Iñárritu añora la llegada de un gobierno merecedor de la confianza y el apoyo del pueblo mexicano.
En el desalojo de Acapulco, la Policía Federal abatió al gran dirigente Claudio Castillo, egresado de la Escuela Normal Rural Raúl Isidro Burgos de Ayotzinapa y fundador de la Coordinadora Estatal de los Trabajadores de la Educación de Guerrero (Ceteg). A pesar de sus 65 años y sus dificultades para caminar, con gran valentía siempre acompañaba a sus colegas en las acciones de protesta. De acuerdo con Robespierre Moreno, también dirigente de la Ceteg,su aportación siempre fue el llamado a la unidad, a la no violencia; ese fue siempre su principio más importante; siempre nos decía que dijéramos que sí a la lucha, pero a la lucha pacífica.
Pero para el gobierno de Peña Nieto la vida de un maestro y líder social como Claudio no vale absolutamente nada. Al encargado de despacho de Los Pinos lo único que le importa es generar las condiciones necesarias para seguir haciendo negocios al amparo del poder público.
La buena noticia es que la total falta de imaginación y capacidad autogenerativa del régimen empieza a abrir espacios para el resurgimiento de la oposición democrática. La explosión social del año pasado generó grietas en el poder autoritario que hoy rinden frutos. La rebelión de siete de los 10 partidos con representación en el INE es claro ejemplo. Se ha frenado, aunque sea sólo parcial y temporalmente, el cinismo y parcialidad del consejero presidente, Lorenzo Córdova, y sus compañeros en el Consejo General.
En Guerrero también se abre una importante oportunidad para la regeneración nacional. Gracias a la movilización popular, no solamente se logró encarcelar al narcoalcalde de Iguala y deshacerse de uno de los peores gobernadores que ha conocido la entidad, sino que las tres fuerzas políticas principales en el estado han tenido que dar de baja a sus candidatos originales para las elecciones de 2015. El PRI ya no apoyará a Manuel Añorve o a Claudia Ruiz Massieu, sino que ha lanzado de nuevo al desechable Héctor Astudillo, quien ya fue candidato en 2005 cuando el partido primero perdió la gubernatura del estado.
Tanto el PRD como el partido Movimiento Regeneración Nacional (Morena) también tuvieron que desplazar a sus candidatos originales por ser impresentables en la coyuntura actual. Los íntimos vínculos de Armando Ríos Piter tanto con Ángel Aguirre como con Luis Videgaray han hundido sus aspiraciones políticas en el estado. Lázaro Mazón también fue desechado rápidamente por sus vínculos con José Luis Abarca.
Los remplazos elegidos por PRD y Morena los pintan de cuerpo entero. Siguiendo el ejemplo de Peña Nieto con los movimientos en su gabinete, el PRD ha optado por un simple reacomodo de fichas y postulará a Beatriz Mojica, unachucha absolutamente fiel a Aguirre y al régimen. En contraste, Morena ha dado un giro de 180 grados para abrirse a un candidato ciudadano joven, Pablo Amílcar Sandoval, quien es también hijo y nieto de grandes luchadores sociales del estado y con un destacado currículum propio.
Debo ser transparente y aclarar que Pablo Amílcar es también mi cuñado. Precisamente por ello me consta personalmente su gran honestidad e intachable compromiso social. En Guerrero, Morena sin duda cumple con las expectativas ciudadanas al postular a alguien a la altura del momento histórico. Como era de esperarse, Pablo ya ha expresado su apoyo irrestricto a los padres de familia y a los estudiantes de Ayotzinapa, así como hecho suya la propuesta de crear un nuevo constituyente ciudadano. Se abre una enorme oportunidad para unir las fuerzas sociales y políticas en Guerrero y construir por la primera vez en la época moderna del país un verdadero gobierno popular.
Twitter: @JohnMAckerman
Obediencias
Gustavo Esteva
¿A
quién? ¿A qué? ¿De qué se trata esto de obedecer? ¿De cuál mando se trata?
No es común que el capital reconozca su naturaleza autoritaria. Los capitalistas, al contrario, hablan continuamente de democracia. Quieren mantener la ilusión de que los ciudadanos mandan, de que vivimos en una auténtica democracia.
Es novedad, por eso, lo que ocurrió el pasado 13 de febrero. Al celebrar un convenio con las secretarías de Marina y Defensa los representantes del capital no se mordieron la lengua. Los cuarteles del Ejército son, para ellos,las entrañas de la sociedad mexicana, la parte más íntima de nuestro ser. Eso dijo el Consejo Coordinador Empresarial.
Es cierto. La violencia es el principio regulador del Estado-nación. Se da al gobierno el monopolio de laviolencia legítima para que cumpla su función de control, en nombre de la seguridad y la protección de los ciudadanos. Es el principio que permitió la expansión del capital desde que nació. La acumulación capitalista no es un tránsito idílico, forjado con trabajo duro, ahorro y austeridad: se basa en saqueo, despojo y control, y por eso necesita la violencia, la coerción. Esa es la verdadera entraña de un régimen que se pretende democrático.
Es novedoso y preocupante que los capitalistas lo proclamen abiertamente y reconozcan que la parte más íntima de su ser está en el uso de la fuerza. Es igualmente novedoso que proclamen su autoridad. Por ningún motivo permitiremos que se metan en los cuarteles, dijeron. Ante los responsables de las fuerzas armadas, los dirigentes empresariales remarcaron quién manda en el país, a quién deben obedecer esas fuerzas, a cuál facción se debe el Ejército.
Todavía más. Como en la guerra actual los militares no pueden portarsecomo damas, debe dárseles cobertura jurídica para que se puedan mover y defender. No debemos dejarlas indefensas. Hay que garantizar su ­impunidad.
Con razón el dirigente de los pequeños comerciantes denunció de inmediato el desaguisado: “¿Quién es él (el representante del Consejo Coordinador Empresarial) para impedir o permitir el acceso a los cuarteles?... Parece una amenaza de que los dirigentes empresariales estarán en la puerta de los cuarteles para impedir el paso a los padres de familia… como si él mismo fuera a estar en la puerta con una metralleta”.
Es útil tener esa evidencia. Los capitalistas mexicanos que tienen en Estados Unidos montos equivalentes al de la deuda externa de México se atreven hoy, ante las fuerzas armadas y el propio gobierno, a proclamar que son ellos los que mandan. Aceptan aquí, ahora, lo que se hizo evidente en quienes les sirven de modelo, cuando las corporaciones privadas tomaron control del proceso electoral en Estados Unidos y los de Ocupa Wall Street dijeron en voz alta lo que todos sabían: los representantes democráticamente elegidos están al servicio del 1 por ciento, no del 99 por ciento.
Quienes ven la coyuntura electoral como oportunidad de afirmación ciudadana reaccionan ante ese estado de cosas. Buscan, con diversos procedimientos, anular formal o simbólicamente las elecciones. Ciudadanas y ciudadanos estarían diciendo a las clases políticas que ya no creen en ellas ni en su procedimiento para perpetuarse; que quieren deshacerse de la banda inepta y criminal que se ha incrustado en el gobierno y los partidos; que se están organizando desde abajo para asumir la función de gobernarse y aprender a mandar obedeciendo en una auténtica democracia.
Las clases políticas llaman ingenuos, o peor aún, vendidos, a quienes impulsan esas opciones. Así los condenó AMLO el 18 de febrero, al exigir masiva participación ciudadana en la jornada electoral. Sólo así, dijo,se podrá sacar a la mafia del poder. Pero es esa ingenuidad, precisamente, la que ciudadanas y ciudadanos ya no aceptan. Consideran ilusorio pensar que bastaría cambiar la composición de fuerzas en el Congreso, votando por Morena, para deshacerse de esa banda criminal y empezar la reconstrucción del país.
No hay consenso claro sobre qué hacer ante las elecciones mismas y sobre todo después, una vez que tengan lugar. Lo que resulta cada vez más claro, para ciudadanas y ciudadanos, es que el agresivo circo electoral será un ejercicio enteramente autoritario y represivo, con diversos tipos de armas: balas, cárceles, medios, programas sociales... Necesitan prepararse para esa amenaza y las que siguen, a medida que se acentúa la obediencia cínica del gobierno y las clases políticas a los dueños del capital y se recurre cada vez más a la fuerza para controlar a la población. La única manera de enfrentar ese peligro es organizarse desde abajo y ejercer cabalmente la libertad en ámbitos en que se manda obedeciendo, en los cuales obedecer expresa vocación de servicio y no subordinación abyecta y en los que mandar es sólo otra forma de obedecer.

domingo, 1 de marzo de 2015

José Luis González
Una revisión a las ideas de Kierkegaard, Sartre, Cioran y otros pensadores.
Si el existencialismo es el signo y resultado de una crisis en el pensamiento tradicional y una desorientación, a veces dolorosa, que sufre cualquier persona que detiene, aunque sea por instantes, la marcha incesante de su vida, que abre los ojos, que contempla y que toma conciencia de su existencia, entonces muchos somos de alguna forma existencialistas, aun si se afirma que esta corriente filosófica sólo estuvo en boga durante cierto período y es cosa del pasado.
La melancolía invade el espíritu de quienes están en constante vigilia y que aceptan la posibilidad de ser el resultado fortuito de un conjunto de accidentes naturales, históricos y sociales, con un futuro indeterminado e incierto; que advierten, además, que somos pequeñas partículas en la inmensidad infinita del universo, y que nuestras vidas, como dijera Thomas Nagel, son simples instantes en una escala geológica del tiempo, y no se diga en una escala cósmica. Así, reflexionar sobre nuestra pequeñez y fugacidad, en un insignificante rincón del espacio y del tiempo, rodeados por el infinito y la muerte, equivale a pensar –y sentir– la angustia subjetiva a la que hacía referencia Kierkegaard: “La angustia puede compararse muy bien con el vértigo. A quien se pone a mirar con los ojos fijos en una profundidad abismal le entran vértigos. Pero ¿dónde está la causa de tales vértigos? La causa está tanto en sus ojos como en el abismo.”
Para un existencialista radical, que se siente como si lo hubiesen arrojado en un lugar y tiempo determinados, sin motivos claros, para enfrentarse a diversas situaciones, a sabiendas de que su presencia es importante pero no necesaria, pues en todo momento es absolutamente prescindible, hallarle sentido a la vida resulta poco menos que un sinsentido. Ya lo decía Sábato:
A veces creo que nada tiene sentido. En un planeta minúsculo, que corre hacia la nada desde millones de años, nacemos en medio de dolores, crecemos, luchamos, nos enfermamos, sufrimos, hacemos sufrir, gritamos, morimos, mueren y otros están naciendo para volver a empezar la comedia inútil. ¿Toda nuestra vida sería una serie de gritos anónimos en un desierto de astros indiferentes?
Para problematizar aún más estas ideas, el humano no sólo se enfrenta al abismo que se percibe en la escala del macrocosmos, también debe asumir su existencia frente a los misterios del microcosmos: los átomos, las moléculas y las células. Como afirmaba Salvador Borrego: “La complejidad de una galaxia compuesta de 400 mil millones de estrellas es asombrosa. Y sin embargo, un ‘simple’ ser humano es todavía más complejo.” No nos explicamos muchas cosas que ocurren en nuestro interior, ni a nivel fisiológico ni emocional, ni mental ni espiritual. Inclusive, no sabemos a ciencia cierta si todo, en el universo, está sujeto a una ley inflexible de causa y efecto, en forma mecánica. ¿Estará trazado desde el inicio un destino predeterminado? De acuerdo con Arthur Koestler, “el modelo del universo como un mecanismo de relojería, típico del siglo XIX, se ha derrumbado. Con el advenimiento de la teoría cuántica y de la relatividad, el mismo concepto de materia ha perdido toda solidez, de forma que el materialismo ya no tiene derecho a proclamarse una filosofía científica”.
Claro, a muchos les podría causar antipatía el pesimismo y la incertidumbre que expresan las palabras anteriores. Seguro que sí. Pues una cosa es que al universo no se le halle ningún sentido, pero otra es que a alguien individualmente se le cuestione su propio sentido en la vida. Así de paradójicos somos. Cioran sentenciaba en ese sentido que:
Uno puede decir con toda tranquilidad que el universo no tiene ningún sentido. Nadie se enfadará. Pero si se afirma lo mismo de un sujeto cualquiera, éste protestará e incluso hará todo lo posible para que quien hizo esa afirmación no quede impune. Así somos todos: nos exoneramos de toda culpa cuando se trata de un principio general y no nos avergonzamos de quedarnos reducidos a una excepción. Si el universo no tiene ningún sentido, ¿habremos librado a alguien de la maldición de ese castigo? Todo el secreto de la vida se reduce a esto: no tiene sentido; pero todos y cada uno de nosotros le encontramos uno.
Bueno, está bien. No tiene sentido pensar tan en grande, como el macrocosmos, ni tan en pequeño, como el microcosmos, si sabemos de antemano que el entorno nos supera con creces. Rodeados del infinito, siendo finitos, quedamos reducidos a la insignificancia, pero si le logramos hallar algún sentido a nuestra breve vida individual, tal vez es porque algo, aunque sea mínimo, podemos hacer. ¿O ya está echada la suerte? ¿Y el libre albedrío? ¿Habrá algún espacio en el que podamos elegir y ejercer nuestra libertad de acción? ¿Es posible ser autónomos frente a las circunstancias históricas ya dadas?
Según Jean-Paul Sartre, citado por Fernando Savater, lo primordial en el hombre es el hecho de que existe y que debe inventarse a sí mismo, sin estar predeterminado por ningún tipo de esencia o carácter inmutable. Dice él que siempre estamos abiertos a transformarnos o a cambiar de camino. Pero pregunta:
¿Y las determinaciones que provienen de nuestra situación histórica, de nuestra clase social, de nuestra situación económica, familiar, laboral o de nuestras condiciones físicas o psíquicas, será que condicionan y limitan el libre albedrío? ¿Y los obstáculos que la realidad opone a nuestros proyectos?
Para este filósofo, tampoco nada de esto impide el ejercicio de la libertad. Es uno quien elige resignarse a su situación o rebelarse contra ella y transformarla. Es uno quien descubre las adversidades de su cuerpo o de su realidad al proponerse objetivos que las desafían.
También Karl Marx, sobre este particular, decía: “Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen simplemente como a ellos les place; no la hacen bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo circunstancias directamente encontradas, dadas y transmitidas desde el pasado.” Aunque debemos ser cuidadosos, pues este aserto nos confronta a dos falacias: la de suponer que como sujetos sociales estamos (pre)determinados como autómatas por estructuras de cualquier tipo, y la de irnos al extremo opuesto de pensar que nuestra libertad de acción no conoce límites.
Respecto a la cuestión de la autonomía, la frase de Marx es una ecuación. Cuanto más se hace efectiva la historia personal menos peso tienen las circunstancias no elegidas. Sin embargo, a veces estas últimas son tan abrumadoras que no parece quedar espacio alguno para hacer la propia historia. La autonomía, a decir del antropólogo Alejandro Grimson, “es la ampliación del espacio para hacer la propia historia; el trabajo para restringir el peso de las circunstancias ‘objetivas’. Así, empoderarse implicaría hacer nuestra propia autonomía, en tensión con las objetividades que nos rodean”.
José Emilio Pacheco hablaba
del Murciélago Velásquez
Leonel Alvarado
José Emilio acababa de cumplir un año cuando
el Murciélago Velásquez se quitó la máscara.
Hay que decir que el Murciélago fue el primer
luchador mexicano que usó máscara y el primero
que la perdió en un máscara contra cabellera.
DF, 14 de julio de 1940.
Despojado de la máscara, el gran maestro
del llaveo y el contrallaveo se refugió en otro misterio:
antes de cada pelea invocaba a Zaratustra. Ese fue
el Murciélago que a principios de los años cincuenta
cautivó al pequeño José Emilio y lo llevó del Ring a la filosofía.
En las letales patadas a la Filomena estaba Zoroastro,
en las impredecibles voladoras y, sobre todo,
en La Noria, la llave que inmortalizó al Murciélago
y que lo hacía girar sobre el contrincante
hasta agotarlo o hasta que el referee paraba la pelea.
El niño no entendía aquellas invocaciones del Murciélago.
Tampoco aprendió ninguna de sus llaves pero sí, admite
José Emilio, la curiosidad por la filosofía; que Nietzsche
se apareciera, desenmascarado, en la Arena México
era tan natural, como esa costumbre que tenía
el niño sabio de atribuirle al otro su sabiduría.
Fue a principios del ‘94, en el Juan Ramón Jiménez Hall de la Universidad de Maryland. En un seminario sobre narrativa latinoamericana hablábamos de Jacob Van Oppen, el hombre más fuerte del mundo, según el cuento de Onetti. En una de esas asociaciones impredecibles, tan suyas, José Emilio mencionó que cuando era niño miraba la lucha libre, especialmente las peleas del MurciélagoVelásquez, quien siempre citaba a Zaratustra al entrar al Ring. Para José Emilio no había nada raro en esto de ligar la lucha libre a la filosofía, Chespirito a Shakespeare, Agustín Lara a la poesía amorosa griega, en esos juegos propios de Borges, Lezama, Arreola o Monsiváis. José Emilio decía estas cosas con la seriedad que ponen los niños al jugar, como dice Nietzsche. Además, decir que a un luchador le debía su interés por la filosofía era un ejemplo más de esa generosidad que lo llevaba a ver en los otros su sabiduría, pues José Emilio tenía esa virtud de los grandes maestros de hacer que, en su presencia, el otro se sintiera un poco sabio.

Leandro Arellano
Una reflexión sobre el envejecimiento.
“Adonde quiera que me vuelva, veo los signos de mi vejez”, escribe Séneca.
¿Qué es el tiempo? No lo sabemos con certeza. Es un asunto que está más allá de las razones y envuelve la esencia misma del hombre. Es una cuestión a la que la filosofía no encuentra explicación y con la que en general las religiones no se embrollan. Los humanos sólo percibimos su transcurrir con el agotamiento de todo lo que nos rodea.
¡Se envejece tan pronto!, exclamaba asombrado Amado Nervo. El ayer y el mañana qué significan para la mascota echada a nuestro lado, a la que contemplamos envejecer sin remedio, con la impresión de que ella se percata también de que lo mismo ocurre con sus amos. Porque es lo único fijo: el tiempo todo lo abrasa y marchita.
En junio del año próximo, Paul McCartney cumplirá setenta y cuatro años, diez más de los del título de su devota canción: “When I´m Sixty-Four”. La canción forma parte de uno de los álbumes más populares de los Beatles: Sargents Pepper’s Lonely Hearts Club Band, que salió a la venta en junio de 1967. No fue casualidad: la víspera del sacudimiento que provocaron los movimientos reivindicatorios de las juventudes de 1968. 
Los Beatles representan seguramente el grupo, el conjunto por antonomasia de esa corriente que en el terreno musical conmovió y trastocó a la humanidad, al mediar el siglo pasado. El rock primero y una de sus derivaciones, el pop, significan un antes y un después, no sólo en la moda y en la música popular, sino también en el arte en general y en una visión renovada de la vida.
Con sus creaciones, con una nueva sensibilidad y sin propaganda, se impusieron al frente de una corriente que alcanzó todos los continentes. Revolucionaron los hilos y tejidos de la sensibilidad de un mundo que se afanaba en olvidar los horrores de una de las guerras más cruentas –la mayor de la historia en términos de víctimas– y se removía entre la rivalidad de las potencias y la amenaza de un apocalipsis general.  
“Cuando tenga 64 años” es una morosa pregunta que atesora una promesa de amor: la del joven que interroga a su pareja sobre si décadas más tarde, cuando lo invadan la calvicie y las arrugas, ella continuará halagándolo el día de San Valentín y si seguirá obsequiándolo con una botella de vino.
La edad es cuestión de temperamento, se asegura, y la juventud está constituida no principalmente por los pocos años, sino por el anhelo, el entusiasmo y la curiosidad. Persiste la juventud en tanto aguardemos el nuevo día con curiosidad, asegura Adam Zagayevski. Pero la muerte no hace distinciones, abate por igual a hombres que a mujeres, a jóvenes que a viejos o niños.
Por ello importa –a veces– reducir las perspectivas, conviene no perder el compás de nuestra visión. De aquel grupo sólo sobreviven Paul McCartney y Ringo Starr. Contemporáneos todos, John Lennon y George Harrison murieron relativamente jóvenes. No es improbable que su música se escuche por largo tiempo, que su memoria perdure por siglos, si sobrevive la humanidad.
Como muchos otros dragones, aquel junio del ‘67 florecíamos en la adolescencia, con todos los poros abiertos al mundo. Tan alejado se hallaba el siglo XXI que ni nos inquietaba el porvenir ni nos mortificaba un mañana trabajoso. Las aguas que han fluido desde entonces son vastas. Somos y no somos los mismos. Somos los mismos de antes, pero de otro modo. ¿Quién asegura que no es tedioso no ser más que uno mismo?
Ahora la vejez ha llamado a nuestra puerta, nos encaminamos a los sesenta y cuatro sin prisa y sin reposo. El cabello está completo, pero el gris se ha impuesto al negro primigenio. Vera, Chuck y Dave tienen nombre y juguetean en nuestro regazo, en tanto que la botella de vino nos llega solícita y constante. 
“Adonde quiera que me vuelva, veo los signos de mi vejez”, escribe Séneca en carta a Lucilio.
La reflexión sobre el envejecimiento, sobre el paso del tiempo y su huella en nuestra vida terrenal, ha sido asunto de poetas y filósofos; todas las épocas y las grandes civilizaciones han meditado sobre este asunto. Es así porque el proceso humano sufre un desgaste que produce el tiempo, sin eximir a nadie.
Maestros y discípulos de la escuela estoica –sobre todo– meditaron, escribieron y vivieron con la convicción de nuestra naturaleza perecedera. Uno de los más hondos sonetos de la lengua española sobre el paso del tiempo y sus secuelas, fue escrito por Quevedo:
Miré los muros de la patria mía,
si un tiempo fuertes, ya desmoronados,
de la carrera de la edad cansados,
por quien caduca ya su valentía.
Salíme al campo, vi que el sol bebía
los arroyos del hielo desatados,
y del monte quejosos los ganados,
que con sombras hurtó su luz al día.
Entré en mi casa: vi que, amancillada,
de anciana habitación era despojos;
mi báculo, más corvo y menos fuerte;
vencida de la edad sentí mi espada.
Y no hallé cosa en que poner los ojos
que no fuese recuerdo de la muerte.
El curso del tiempo va pautando, con la edad, el término de la vida humana. Morir es parte del destino humano, la parte final, el episodio último. Pero conviene que la conciencia de la muerte se tenga presente tanto en los jóvenes como en los viejos: la muerte no tiene censo.
¿Quién el sol de mañana verá? ¿Cuándo el hilo cortará la parca? ¿Cómo arribará el final? En seguimiento de la filosofía estoica, Ovidio y Montaigne recomendaban que no obstante cuánto sonría la fortuna a los humanos, no pueden sentirse felices hasta que haya transcurrido el último día de la existencia. 
Lo que sabemos de fijo es que a todos nos abate con pie de igual pujanza: el palacio de los reyes o la choza del pastor. Y si en vivir reside la felicidad, no hay que andar de prisa entonces, mejor será detenerse a cada recodo y gozar la luz, el sol y el cielo, rogar porque el camino sea largo y en lo posible sereno.
Ya entrado en años, acaso como consuelo o desahogo, Séneca escribía aquí y allá reflexiones como las siguientes:
Las frutas últimas son las más sabrosas.
En todo placer lo más agradable es lo que está al final...
Gratísima es la edad que ya declina, pero que aún no se precipita...
Hasta se regocija y mofa:
Después, nadie es tan viejo que no pueda esperar un día más.