domingo, 21 de diciembre de 2014

Si la vida de los negros importara...
Naomi Klein *
Valorar todas las vidas por igual transformaría la forma en que respondemos a la crisis climática
E
n el penúltimo día de la reciente cumbre climática de Naciones Unidas en Lima, Perú, activistas realizaron una protesta en la que simulaban morir afuera del centro de conferencias. Con el acto de acostarse rendían honor a las miles y miles de vidas que se han perdido en desastres y conflictos profundizados por el cambio climático. Y también hacían algo más: se unían simbólicamente al cada vez más globalizado levantamiento #BlackLivesMatter (#LasVidasNegrasImportan), que ha paralizado centros comerciales y ajetreadas intersecciones desde Estados Unidos hasta Gran Bretaña.
Los valientes manifestantes que gritaban ¡No puedo respirar! y¡Manos arriba, no disparen!, reivindicaban un principio central sobre el valor de todo ser humano, comenzando por el más menospreciado. Solidarizarse con su llamado a transformar el sistema criminal y de justicia es de vital importancia. Pero, ¿por qué habrían de terminar ahí los asuntos planteados por #BlackLivesMatter? Por ejemplo, ¿qué tiene que ver #BlackLivesMatter con el cambio climático? Pues todo. Si hubieran sido ricos estadunidenses blancos los que dejaron sin comida y agua durante días en un gigantesco estadio tras el huracán Katrina, ¿hubiera sido posible que tantos políticos republicanos negaran la realidad de la crisis? ¿Si Australia estuviese en riesgo de desaparecer, y no enormes partes de Bangladesh, el primer ministro Tony Abbott se sentiría libre de decir que quemar carbón es bueno para la humanidad? Si Toronto estuviera maltrecho, por los históricos tifones que provocan evacuaciones masivas, y no Tacloban, en Filipinas, ¿construir oleoductos para las arenas bituminosas todavía sería un punto central de la política exterior de Canadá?
La realidad de un orden económico construido con base en la supremacía blanca es el apenas audible subtexto de nuestra respuesta a la crisis climática, y necesita ser sacada a la luz pública. Recuerdo vívidamente el momento en el cual la posición central de ese racismo irrumpió en el escenario mundial. Fue exactamente hace cinco años, en la ahora tristemente famosa cumbre climática de Naciones Unidas en Copenhagen. En el segundo día del encuentro se filtró un documento que mostraba que los gobiernos estaban a punto de fijar una meta que pondría como tope el incremento de la temperatura global en dos grados Celsius (3.6 grados Fahrenheit). La temperatura meta –promovida por naciones prósperas en Europa y América del Norte– probablemente no sería suficiente para salvar a algunos pequeños y bajos Estados islas. En África, la meta se traduciría en un desastre humanitario a gran escala. Cuando se filtró la información del texto, los delegados africanos inmediatamente llenaron los estériles pasillos del centro de conferencias con desgarradores gritos:¡No moriremos de forma callada!Las irrisorias sumas que los países ricos se habían comprometido a aportar para el financiamiento climático fueron furiosamente denunciadas como no suficientes para comprarnos ataúdes. Las vidas de los negros importan, era lo que decían estos delegados, a pesar de que ese corrupto foro se comportara como si no fuera así.
Menospreciar ciertas vidas por motivos raciales también ocurre al interior de los países. Recordé esto mientras leía acerca de Akai Gurley, el hombre negro desarmado, de 28 años, al que accidentalmente dispararon el mes pasado, en el oscuro cubo de la escalera de un edificio de vivienda de interés social en Brooklyn. Al igual que el deteriorado elevador, el sistema de energía eléctrica no se había reparado a pesar de las quejas. Y cuando el abandono de una institución pública que sirve de forma desproporcionada a los afroestadunidenses se intersecta con el miedo armado que un policía tiene a los negros el resultado es fatal.
Cuando la supertormenta Sandyllegó a Nueva York, dos años antes una parecida combinación de fuerzas mostró su brutal rostro, pero en una escala mucho mayor. Los sistemas de agua potable y energía eléctrica de las decrépitas viviendas de interés social no funcionaron durante semanas. Pero lo peor fue que el miedo a esos oscuros edificios claramente jugó un papel en que los funcionarios gubernamentales y las agencias de asistencia no visitaran a los residentes enfermos y mayores, dejándolos varados en torres de apartamentos sin las provisiones básicas, durante demasiado tiempo.
A George Bush no le importan los negros, fue la célebre frase de Kanye West, durante un teletón en 2005, por las víctimas del huracán Katrina. Esa tormenta mostró de manera ostensible que los peores impactos del clima extremo siguen un parámetro racial con una devastadora precisión. La raza ayudó a determinar quién se quedaba abandonado sobre su techo, a quién llamaban saqueador, a quién le disparaban en la calle, y el hogar de quién sería derrumbado y nunca remplazado. Los impactos directos de la combustión de combustibles fósiles siguen impresionantemente similares fallas geológicas. Según un estudio, un asombroso 21.8 por ciento de niños que viven en viviendas de interés social en la ciudad de Nueva York tienen asma, cifra tres veces mayor que el índice en viviendas privadas. La asfixia de esos niños no es inmediatamente letal, como el tipo de asfixia que le robó a Eric Garner su vida. Pero de todos modos es muy real.
Si nos rehusamos a hablar de manera franca acerca de la intersección entre raza y cambio climático, podemos estar seguros de que el racismo continuará informando cómo nuestros gobiernos responden a esta crisis. El racismo se expresará en la constante negativa a proveer de un serio financiamiento climático a países pobres, para que puedan protegerse del clima extremo. Y se manifestará en una despiadada mano dura contra los migrantes, muchos de los cuales huirán de sus hogares, que se volvieron invivibles por el intenso cambio climático.
Según Alicia Garza, una de las fundadoras de #BlackLivesMatter, el lema no tiene como propósito afirmar que las vidas de los negros valen más que otras. Más bien, al recalcar el papel fundacional del racismo antinegro le dice a todos que las vidas de los negros son importantes para tu liberación. Dado el desproporcionado impacto que la violencia estatal tiene sobre las vidas de los negros, comprendemos que cuando los negros en este país sean libres, los beneficios serán amplios y transformadores para la sociedad en general.
Lo que el cambio climático nos dice es que esto también es cierto a escala global, a escala de todas las especies, porque vamos hacia niveles de calentamiento que son incompatibles con cualquier cosa que se asemeje a una sociedad organizada. Esto no es una coincidencia: resulta que una vez que permitimos que quienes toman las decisiones racionalicen el sacrificio de algunas vidas, es muy difícil que paren. Por otro lado, si insistimos que las vidas de los negros importan, entonces el calentamiento global ya es un fuego de máxima intensidad, y ya es hora de que actuemos como si ese fuera el caso.
Traducción: Tania Molina Ramírez
* Es autora de This Changes Everything(Thischangeseverything.org).
Twitter: @NaomiAKlein
Este artículo se publicó en The Nation.

lunes, 15 de diciembre de 2014

Nuestro calor
César Moheno
U
na tarde de hace muchos años me guarecí de la lluvia en la casa de doña Marcelina Próspero. Junto a su hermana Juana, llenas de fortaleza y de arrugas en el cuerpo, me contaban sus historias cerca del fuego de la troje que compartían en un paraje del bosque de la meseta purépecha de Michoacán. Hacía frío y ellas me arropaban con sus palabras, sus risas, sus afanes. Con un aire de complicidad que se manifestaba en las miradas y los silencios, el cauce de sus frases las fue conduciendo a las confidencias. Así comenzaron a compartir sus secretos.
Una ya se siente por completo diferente después de recibir por primera vez la comunión. Allí, me decían, en la ceremonia, por primera y casi única vez se viste una de blanco y todas las niñas se unen por un momento en el atrio del templo, sabiéndose distintas, mientras la banda toca y toca todo el rato y todas bailan en medio de la gente. Lo hacen tan entre ellas, que se dirían palomas al verlas bailar. Están tan contentas, que quisieran que pasara el tiempo rápido pues se mueren de ganas de contar ese momento.
Así llega al cabo de los años el día de la boda. Desde el instante del compromiso, nuestro gusto –me seguían contando– es realizar una serie de costumbres que aseguran a las familias y a los novios las formas de la concordia y el gozo para que enraice la unión. Y en ese tejido ser mujer ampara la fuerza del mundo. Por eso el día de la boda, para recibir a la nueva hija, se engalana con cintas de colores y con guirnaldas de maíz la cabeza del novio. Allí la esperan todos los parientes de la casa. Para mostrarle su júbilo la reciben con cohetes y con música. La hacen pasar y la sientan en medio de la estancia, donde cada uno de los miembros de la familia de él, le trenza en el pelo un moño de cinta de color. Algunos hasta le prenden algún otro regalo. Esa es la forma de engalanarla.
Después de la ceremonia en la iglesia, las mujeres de la familia de la novia acarrean pollos, licor y cajas de cerveza a la casa del novio. Todo acompañado de confeti, más música y más cohetes que es lo que se acostumbra. La madre del novio las recibe en el umbral de su casa luciendo en el pelo pan de jabón, escobeta y estropajo para enseñar que ya le dio el último baño a su hijo. Allí se junta la parentela completa y pasan a comer las viandas que se venían preparando desde la víspera. Todos bailan, especialmente las mujeres. Y todos por igual se beben ríos y ríos de vino para homenajear el recuerdo de las bodas de Canán.
Al amanecer del otro día, bailan el son de la canara. Las mujeres lo hacen con un telar, con un huso o con un tejido y los hombres con sus aperos de labranza. Alguna mujer hace un muñeco de trapo y se lo entrega al novio y a la novia para que lo arrullen. Ahora los padres de los dos bailan con pan y chocolate que ofrecen a la novia, que cuando lo va a coger se lo arrebatan y se lo comen entre ellos. Así se acostumbra para que vayan las dos familias agarrandose de la confianza. De ella depende el trasplantarse.
Por eso le digo que es tan grande el valor de asegundar con toda la familia eso de los sacramentos. Por algo ha de ser que las campanas marcan la vida de los pueblos. Por eso tenemos que aprender desde chiquitos a escucharlas. Ya sabemos que al cumplirles aseguramos nuestro buen paso por el mundo. Así ha sido siempre. Por eso estamos aquí, usted y nosotras, compartiendo nuestro calor, celebrando con palabras y con pan.
Sólo las viejas hacemos de este pan. Sólo nosotras podemos hacerlo. Escogemos todo, desde los granos del trigo que vamos a moler hasta el tipo de leña con el que lo vamos a hornear. Por eso nuestro pan es especial. Por eso no podemos dejar pasar ninguna fiesta para hacerlo. Por eso todo el mundo nos pregunta. Juana, Marcelina, ¿cuándo van a hacer de su pan?
Para hacer buen pan hay que conocer muchos secretos. Todos los secretos. Inventarlos todos también; porque una nunca sabe con qué nos va a salir el trigo, o cómo amaneció la levadura o nosotras mismas.
Para que un horno sea bueno y no se le salga el calor, uno misma lo tiene que hacer. Y hay que saber hasta escoger en dónde ponerlo. Hay que hacerle un esqueleto con palos de encino y juntarle mucha piedra y lodo. A eso es lo que llamamos la columna . A ella hay que darle su pasadita de adobe bien cargado. Después se le ponen por dentro hiladas redondas de ladrillo sin juntear, para que aguante el peso de la cubierta que también será de ladrillo, pero ese sí muy bien junteado. Se le cubre con una capa fuerte de adobe y se repella con una capa de ceniza blanca. El chiste es saber dar la redondez para que aguante y no se nos caiga. Después de darle la primera quemada se le saca el ladrillo del corazón y se le baila encima. Si el horno aguanta el baile ya está rico para hornear.
Para sacar una buena hornada de pan el secreto está en irle respetando sus deseos. Que si quiere más tueste el grano, que si desea más agua la harina, que si la levadura está muy seca, que si no le dio bien el sereno, o que si lo mezclamos después de que salió el sol; hasta el peso exacto tenemos que ofrecerle. Pero otra vez repito. Uno de los secretos es irle inventando sus secretos.
Las viejas creemos que el principal de entre ellos es que lo amasamos en nuestra cama y, así, nuestro propio calor le damos. Por eso no lo dejamos salir de nuestro cuarto hasta que haya que comerlo. Por eso no sólo aplauden su sabor. Es sobre todo su olor lo que le alaban. No se dan cuenta aún que es a mujer a lo que huele.
Twitter: @cesar_moheno

domingo, 14 de diciembre de 2014

En México los derechos humanos se respetan
César Garizurieta
E
n México se respetan a cabalidad los derechos humanos. Ante cualquier violación, la respuesta de las autoridades es oportuna; la víctima no requiere acudir a jueces, procuradurías o comisiones defensoras de derechos humanos. Para que la atención sea inmediata, el único requisito es que el Parlamento Europeo emita una condena sobre el caso.
Bueno, la condena europea, tampoco es indispensable. Si ésta no se da por cualquier circunstancia, esto no será obstáculo (óbice, dirían los jueces) para que la víctima sea indemnizada y la indemnización –como manda la proverbial preocupación de nuestros gobernantes– le será entregada en su propio domicilio, siempre y cuando, claro está, se trate de una ínclita empresa extranjera como, por ejemplo, una ferrocarrilera china.
Desde hace años he venido sosteniendo que, si bien los derechos humanos son del todo plausibles, en México se asumieron sólo con intención de anular las garantías sociales y para beneficio de las grandes empresas trasnacionales, y acaso algunas mexicanas con capacidad económica suficiente para acreditar su apego a las leyes fuera de toda duda. ¿O estaré equivocado?
La reciente manifestación con incidente portopirómano, donde fueron torturados y vejados injustamente algunos manifestantes, podría ser una prueba de que sí me equivoco, porque –sospecho– las detenciones y torturas no serán castigadas, ya que las sufrieron personas que carecen del numerario necesario para merecer respeto a sus derechos humanos, a la libertad y la integridad física.
Pero, ¿quién sabe? El artículo 9.5 del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos dispone la obligación de los estados de indemnizar a quienes hubieren sido detenidos arbitrariamente; entonces, tal vez, los manifestantes vejados pronto habrán de recibir la visita de algún altísimo funcionario con un cheque indemnizatorio en la mano.
Aunque, en verdad, nadie ha comentado aún la posibilidad de las indemnizaciones a las que tienen derecho los manifestantes injustamente detenidos, pero tal vez se deba a que el gobierno espera el Buen Fin para que le salgan más baratas.
Sergei Isupov,
El miedo tiene
grandes ojos
, 2013
Adolfo Echeverría
La arpía de los espejos
Habita las capas más externas y aparentes del azogue de algunos espejos (se ignora el porqué de su preferencia por las antiguas lunas venecianas).
Como un dardo ungido con la más letal ponzoña, su mirada no perdona. A quien, excediendo los límites de una ecuánime y razonable vanidad, se mira en esos ojos de mercurio que se ocultan tras el reflejo de una imagen inofensiva por ser harto conocida, continuamente le sobrevienen prolongados períodos de insomnio, la disminución progresiva del apetito y –en más ocasiones de las que pudiera creerse– una melancólica inanición sin esperanza.
El minotauro de sí mismo
Para el Dr. Tirso Lara Gallardo, con toda indiscreción
Hay un Minotauro de sí mismo hibernando en las catacumbas del alma de cada cual. Resguardado en lo más tortuoso del ser, desde el principio de nuestros días sueña un sueño libre de la más mínima conmoción. Por fortuna, nuestro Minotaurocasi nunca saldrá de su letargo. No obstante, si alguna vez este monstruo llegara a abrir los ojos, las consecuencias pueden ser catastróficas, ya que todo aquel que se convierte en el teatro de su despertar tiende a volverse  –espontáneamente y sin la menor resistencia–, en su propio y más temible enemigo.
Los efectos de este hecho son ciertamente impredecibles aunque, más temprano que tarde, arrojen pronósticos fatales. Pues, ¿cómo escapar de uno mismo?, ¿cómo salir airoso en una contienda semejante sin sufrir, a la vez, los embates de una derrota desastrosa?
El grifo memorioso
Como las aguas de un Leteo subvertido y desnaturalizado, el Grifo memorioso se bebe. Aunque prefiere los líquidos insignes y de por sí consagrados –bálsamos, filtros, pócimas y otros brebajes de leyenda–, frecuentemente se sedimenta en bebidas más bien comunes y corrientes (el caso más acreditado es el de la tisana en la que Proust remojó su célebre magdalena). Dependiendo de la magnitud de la toma, quien ingiere una cierta cantidad del Grifo experimenta en su espíritu la manifestación de recuerdos y evocaciones en una escala de importancia que va de lo insignificante y ordinario a lo sobrecogedor y sublime. Lo que este sujeto no sabe es que, a pesar de su supuesta verosimilitud, todos y cada uno de los pormenores inscritos en su intoxicada retentiva son, en estricto rigor, falsos.
Se cree que, en algunas de sus encarnaciones, el Grifo memorioso es plenamente reconocible a la vista. No obstante, quien se ha topado con él tiende a olvidar cualquier rasgo relativo a su fisonomía. Sobra decir que nadie recuerda el origen de su nombre.
La hidra de la duda

Sergei Isupov, Fe y esperanza, 2013
En contra de lo que comúnmente se piensa, la Hidra de la duda no prolifera en el seno de entidades débiles o enfermizas; antes bien, para realizarse hasta el máximo de sus aptitudes, requiere de una complexión moralmente sólida que la acoja. Y es que el arma preferida de esta Hidra no es el escepticismo categórico ni la irrevocable dubitación, sino la sospecha lancinante con la que va socavando, flemática, pero seguramente y hasta su agotamiento, el ánimo de quien la padece.
Como en el caso de algunas enfermedades crónicas o congénitas, no existe aún el tratamiento que pueda liberarnos de raíz y enteramente del mal que nos provoca laHidra. Sin embargo, no todo está perdido, pues, con una estrategia terapéutica firme y decidida, las turbaciones que ésta nos inflige no sólo pueden neutralizarse sino, incluso, llegan a ser orientadas en beneficio propio. Es bien conocido aquel filósofo francés que empezó por poner en tela de juicio todas y cada una de sus certidumbres, y acabó nada menos demostrando, de manera indubitable, la existencia de Dios.
El basilisco de la desesperanza
Se le relaciona con la familia de los engendros intangibles. Sus capturas predilectas se encuentran entre los satisfechos y optimistas a ultranza. Los acecha silenciosamente durante aquella promisoria juventud, plena de alentadores proyectos y esperanzas sólidamente fundadas, hasta que el día menos pensado –aunque, es cierto, a veces prefiere los cumpleaños, los aniversarios luctuosos, las vísperas de Año Nuevo–, cruelmente arremete contra sus víctimas asestándoles una fuerte dosis de realismo (o sea, esa aguda lucidez que raya con el desencanto), revelándoles entonces la inutilidad de sus esfuerzos y lo absurdo de sus desproporcionadas expectativas.
La esfinge de la puerta cerrada
Los especialistas aún se preguntan si esta singular anomalía psíquica es producida por una simple aunque funesta ilusión óptica, o si, más bien, resulta del trastorno de algunas funciones cognitivas, acaso las más frágiles y susceptibles de la mente. El hecho es que, para quien es blanco de los embates de esta patología, la realidad entera se reduce, opresiva y claustrofóbica, a una sombría habitación de ambiente enrarecido, cuya puerta se halla, para colmo, irremediablemente cerrada. Por lo general, el efecto secundario que se experimenta motiva la indudable certeza de que la humanidad ha extraviado para siempre la llave que abre –en particular– la cerradura de esa puerta. (Algunos entendidos aseguran que existe una vinculación entre esta dolencia y otra no menos inquietante: la de la Anfisbena del callejón sin salida.)
El cerbero de la idea fija
No hay romanticismo ni garbo filantrópico ni la persecución de una utopía redentora en las motivaciones o los designios de quienes han escuchado la voz del Cerbero de la idea fija; tampoco es que su sensibilidad poética se abrume con el bordado de un verso de incuestionable perfección, o que su juicio se absorba en el discernimiento de las leyes del movimiento perpetuo, ni que su voluntad busque a toda costa erradicar el hambre o la injusticia de la Tierra.
Por el contrario, esta raza de mártires nimios –aunque de propensiones no menos solemnes y pomposas que las de ciertos campeones mitológicos– tiene que lidiar con la inhabilidad para deshacerse de otra clase de obsesiones: la corrección del nudo de su corbata, la perdurable soltería de la hija mayor, los eternos tres kilos de sobrepeso o el ansiado resultado del sorteo de la lotería, la semana que entra.
La escila de la impaciencia
Lo extraordinario es que la Escila de la impaciencia opera serena y mansamente, haciendo gala –se diría– de un derroche de parsimonia. Espía a su presa año tras año, con una discreción y un sigilo encomiables, cuidándose de insinuar la menor emboscada. No obstante, cuando finalmente se lanza al ataque, es implacable.
Desprevenida, indefensa, su presa capitulará en un abrir y cerrar de ojos. A partir de ese instante, en cada acción que lleve a cabo, sentirá cómo la influencia de laEscila la precipita –brusca, irrefrenablemente– en una caída libre al interior de un abismo sin fondo.
El cinocéfalo de la verdad
Admitamos, de entrada, que la ciencia aún desconoce su modus operandi; pero digamos, al punto, lo que resulta fehaciente para el examen especulativo: todo aquel que se rinde ante el poder de persuasión del Cinocéfalo de la verdad queda inhabilitado para enunciar una mentira, por nimia o trivial que ésta pueda resultar. En primera instancia, esta inédita condición parecería augurar un claro progreso moral para quien la experimenta; pero lo cierto es que, investigados con más esmero, algunos casos específicos desmienten las presuntas bondades de las promesas iniciales.

Sergei Isupov, Lift: Monkey, 2011
Sobresalen, por su sostenida repetición, esos eventos coyunturales en que alguien –condenado por la ineptitud instrumental para mentir– se ve compelido a divulgar una verdad cuyas calamitosas secuelas habrían podido ser higiénicamente sorteadas gracias al auxilio de la mentira piadosa o al próvido fingimiento. Si no, piense usted en el camarada de la lucha subversiva reconvertido en soplón, o la madre que confiesa públicamente la manifiesta y concluyente fealdad del hijo, o en esos amantes que, impasibles y sin preámbulos, asestan su devastadora y conclusiva sentencia: “Lo que pasa es que ya no te quiero.”
La salamandra mántica
El número de los aquejados por este mal parece incrementarse a marcha de gigante, a juzgar por la variedad y frecuencia con que el estudioso del fenómeno detecta la sintomatología derivada de los aciagos trastornos que genera laSalamandra mántica.
Entre los exempla más curiosos de los muchos que nos ofrecen los desdichados que sobrellevan este padecimiento, se encuentran aquellos que creen vaticinar el futuro de las personas dilucidando los mensajes contenidos en las manchas de los asientos del café en el interior de una tacita; o quienes afirman determinar su perfil caracterológico según la lectura de la posición de los astros en el momento de su nacimiento; sin olvidarnos de apuntar el caso de los que prometen inferir, en las líneas de la mano, con cuánta desgracia o fortuna habrán de vivir sus días ciertos infelices o bienaventurados.
Como prueba de un grado superior y casi desesperado en el incremento de la afección aquí descrita, se destaca la condición de virtual desahucio de aquellos que suelen aceptar ciegamente los agüeros y predicciones que profieren los sujetos arriba mencionados.
Diego Rivera, La piñata, 1953

Leandro Arellano
De la niñez proviene una de las más gratas evocaciones, la época de Navidad y del Año Nuevo, así como la vertiginosa emoción de la etapa que las precedía: las posadas. Las celebraciones abarcaban –aún lo hacen– casi todo el mes, iniciándose con motivo de las festividades de la Inmaculada Concepción, el 8 de diciembre. Aparecían primero y se instalaban a un costado del jardín principal las Atracciones Arroyo, los juegos mecánicos que comprendían el carrusel de caballitos, la ola, la rueda de la fortuna y las sillas voladoras. Con los años se agregaron otras diversiones.
En otros puntos de la plaza y de los portales se instalaban puestos de entretenimiento, rifas, juegos, la lotería. Se apostaban al comenzar el mes y no levantaban sus arreos sino hasta trascurridas las festividades de la Virgen de Guadalupe, las que tienen lugar en el barrio de La Villita, en los suburbios del pueblo, prolongándose hasta mediados de diciembre. Enseguida daban comienzo las posadas, esa fiesta religiosa en la que se funden la devoción y el esparcimiento.
Es una de las más agradables tradiciones heredadas del México colonial, que no ha cedido a los zarpazos ni a las rudezas de la historia. La marquesa Calderón de la Barca las cita en sus Cartas, y en Memorias de mis tiempos Guillermo Prieto se refiere a las fiestas decembrinas sin describirlas “porque llenarían tomos enteros”.
En memoria del peregrinaje de María y José a su salida de Nazaret, ya sabemos, las posadas son festividades populares de carácter pío que se celebran en México y Centroamérica, del 16 al 24 de diciembre. La tradición señala que, en 1578, fray Diego de Soria obtuvo del papa Sixto v la bula que autorizaba la celebración en el Virreinato de la Nueva España de unas misas llamadas de aguinaldo, que se realizarían en los atrios de las iglesias.
Junto con las misas se representaban escenas de la Navidad y luego de las mismas se realizaban festejos con luces de bengala, cohetes, piñatas y villancicos. Más adelante, aunque no dejó de tener lugar en las iglesias,la celebración pasó a tomar más fuerza en los barrios y en casas particulares, y la música religiosa fue sustituida por el canto popular, igual que éste ha sido reemplazado en la actualidad por la fiesta y el baile.
El caso es que en el pueblo se organizaban a partir del curato de la iglesia principal para todos los niños y niñas que quisieran participar, y consistían en la procesión por calles diferentes, donde con devoto bullicio se rezaba el rosario y en el turno de cada misterio cantábamos con vigor el Ora pro nobis. Durante la procesión portábamos velas y encendíamos varitas luminosas.
Al final de la procesión, del rosario y la entonación de villancicos, recibía cada uno de los participantes un aguinaldo, consistente en una bolsita de papel de estraza que contenía cacahuates, una mandarina, colaciones, una caña de azúcar y alguna otra cosa.
Nadie, por más terrible, difícil o atormentada que haya sido su niñez, puede no conservar en la memoria algunos recuerdos deliciosos, momentos de armonía y dicha imborrables. Las mandarinas permanecen en el recuerdo como una fruta infaltable de aquellos días, igual que los cacahuates.
Ya adolescentes, acudíamos a las posadas que se organizaban dentro del curato de la parroquia. Allí, al rosario y la petición de la posada se añadía una celebración gozosa y entretenida: la partición de las piñatas, igual que otros juegos sanos y vitales. ¿No es la acción la gran fiesta del ser humano?
Y por humilde que fuese, en cada hogar se tendía un Nacimiento, la representación del pesebre en el que nació Jesucristo, adornado con cualquier variedad de motivos y elementos. Se le escenifica con figuras de personas, animales y paisajes. La invención del Nacimiento de las Navidades mexicanas –que se practica también en España y casi en toda Hispanoamérica y se llama en otros países Pesebre o Belén– se atribuye a San Francisco de Asís y se remonta al año 1223.
Se tiende el 16 de diciembre y se levanta en distintas fechas: en enero, con la llegada de los Santos Reyes, o con la Candelaria, el 2 de febrero. En vez del Nacimiento ha ganado terreno el levantamiento del Árbol de Navidad, que no es una extranjerización, sino la celebración cristiana de la misma Navidad por los protestantes.
No cabe una incursión en los dominios de la cena de Navidad en este texto, pues demandaría un espacio considerable; excepto anotar que, sea cual fuere la justificación o el pretexto, convoca usualmente a reunión familiar, lo que no es poco. Las costumbres evolucionan y la gente atribuye hoy exagerada importancia a los regalos de Navidad, bien que la costumbre es antigua.
Las posadas anunciaban, además, el camino a otros ceremoniales.
Las horas y los días marchan sin pausa ni reposo, sin dar respiro al tiempo ni a la especie humana. Son nuestros hábitos los que mutan y se acomodan a nuevas circunstancias y necesidades. Y por más conciencia que tengamos de los designios de la fatalidad, conservamos siempre un margen de expectativa. ¿No es la felicidad, también, un ejercicio de la voluntad?
Quien más, quien menos, casi todos albergamos una esperanza. “La esperanza, asustada, se refugia en los niños/ y en los tontos/ y en nosotros, los que todavía, por la gracia del verbo, somos desgraciados”, escribió Jaime Sabines. Siendo la fragilidad parte inseparable de la condición humana, la esperanza no sólo significa una apuesta en los afanes cotidianos, sino también una fuente de la felicidad, un gran consuelo aunque no sea más que como desahogo.
Dialéctica de nuestro ser, meditar está en nuestro destino, imaginar el porvenir es parte de la condición humana. Aunque el tiempo es circular y sólo una forma de parcelar el espacio, siempre esperamos un mañana mejor. “Los hombres mantienen, aunque sea sólo por coraje y desafío, una fe innata en que deben llegar, siempre, tiempos mejores”, nos confía Onetti.
Así como la intuición y las fábulas forman parte del mismo tejido sordo e indiscernible, la imaginación y la fe se adelantan al porvenir. El Año Nuevo representaba –todavía lo hace– la ventana abierta a un futuro que está allá adelante, siempre por venir.

miércoles, 10 de diciembre de 2014


Javier Sicilia
Releer a Primo Levi
De todas las literaturas sobre el Holocausto, la de Primo Levi no sólo es, como alguna vez lo dijo Enrique Krauze en una entrevista que en 2010 le hicimos en la desaparecida revista Conspiratio, “la instancia más alta, porque dio testimonio del horror sin un solo elemento de sentimentalismo”. Es también, en esa objetividad, una manera de aproximarnos al horror que vivimos en México. Aunque la obra de Levi se refiere a la Alemania nazi, la lógica que está detrás de ella y que, particularmente en Los hundidos y los salvados, logra desmontar, muestra como nadie esa realidad que, ajena a la máscara ideológica, habita en todos los regímenes donde le horror se ha instalado en la vida política. Uno de los múltiples descubrimientos que en este sentido hace Levi es que los totalitarismos no son, como frecuentemente se piensa, una ideología. Son, por el contrario, el fruto de “un sistema extenso, complejo, profundamente compenetrado con la vida cotidiana del país”, un universo concentracionario que –a diferencia de una cárcel o de lo que suele pensarse cuando se habla de regímenes totalitarios– no está cerrado y se relaciona profundamente con el rendimiento económico en el que participan casi todos. En la Alemania nazi, las “sociedades industriales grandes y pequeñas, haciendas agrícolas, fábricas de armamento sacaban mano de obra prácticamente gratuita que proporcionaban los campos”. En México, cuya expresión totalitaria es de nuevo cuño, la muerte, las desapariciones forzadas, los secuestros, el lavado de dinero, la corrupción y el silencio que se obtiene del crimen, benefician al sistema político y a diversas corporaciones legales, como las de los bancos y los financiamientos que proporcionan. De lo que se trata es de la reducción de todo –seres humanos y naturaleza– a materia prima que permite la maximización de los capitales, su reducción a meras externalidades en función del dinero y del poder. En el caso de la Alemania nazi, para llevar a una parte de la nación a expandirse por el mundo, en el de México, para que ciertos grupos se inserten precisamente en los grupos del poder económico global.
Aunque no hemos llegado a la magnitud y la calidad del horror de Auschwitz –“en ningún lugar o tiempo se ha asistido a un fenómeno tan imprevisto y tan complejo: nunca han sido extinguidas tantas vidas humanas en tan poco tiempo ni con una combinación tan lúcida de ingenio tecnológico, fanatismo y crueldad”–, México tiene, al igual que la vergüenza de los Gulag, el autogenocidio de Camboya, las desapariciones y crueldades del militarismo en Argentina, Chile y Centroamérica, la misma mecánica que Levi describe y analiza en Los hundidos y los salvados. Leerlo hoy es encontrar la estúpida complejidad del horror que vivimos. Su ejemplo hitleriano no enseña en qué medida puede ser devastadora y espantosa una guerra desarrollada en la era industrial, y cómo los imbéciles que desde la política la hacen posible y los criminales no son gente sádica, marcada por un vicio de origen, sino gente como nosotros, “seres humanos promedio, medianamente inteligentes, medianamente malvados: salvo excepciones no [son] monstruos, [tienen] nuestro mismo rostro”, sólo que el mal, que es siempre mediocre e indescifrable, los imbecilizó. Son, en su mayoría, gente gregaria, funcionarios corrompidos y vulgares, o gente estúpida que encontró en el crimen su modo de vida. Algunos fanáticamente persuadidos por la lógica neoliberal, muchos indiferentes, atemorizados, deseosos de hacerla en el mundo o idiotamente obedientes. Todos, en nuestro caso, asumieron la lógica corrupta de casi cien años de priísmo, la devastación de la educación humanista y la lógica del dinero y del consumo como el único valor. Nos enseña, por último, que debemos ponerles un alto. México ha tenido varios movimientos que han intentado cambiar esa nueva forma del totalitarismo. No lo han logrado. Su población sucumbió a las promesas electorales. Hoy la masacre de Ayotzinapa la ha movilizado de nuevo y hace imperativo cambiar el régimen. No hacerlo ahora nos llevará a una opresión tan espantosa como la que hizo posible el inmenso crimen de Auschwitz.
Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, detener la guerra, liberar a José Manuel Mireles, a sus autodefensas, a Nestora Salgado, a Mario Luna y a todos los presos políticos, hacer justicia a las víctimas de la violencia, juzgar a gobernadores y funcionarios criminales, y boicotear las elecciones.

Jorge Moch
tumbaburros@yahoo.com
Twitter: @JorgeMoch
Verdad que peca e incomoda
En un país que masivamente rinde tributo a la estupidez, la verdad sin tapujos adquiere matiz de insulto; la crítica se vuelve agresión al régimen. Cuestionamiento y protesta se convierten en intransigencia, en ganitas de chingar. Eso es lo que sin duda para más de uno hará mañana lunes ocho de diciembre HBO a las 22:00 horas al estrenar en televisión en México una pieza documental de 120 minutos que causó escozores en el 29 Festival de Cine de Guadalajara allá por principios de año, en marzo. Se trata de Antes de que nos olviden, del director argentino Matías Gueilburt, con guión –estupendo por la estructura narrativa del documental, donde el entrevistador desaparece para que la trama se desarrolle sola a base de testimonios desgarradores, cuestionamientos de algunos líderes de opinión y planos abiertos de la realidad cotidiana en muchos rincones de este país que de calles y plazas y negocios y vida diaria terminaron convertidos en trinchera– de Tamara Florin, Pablo Galfre y el mismo Gueilburt.
El documental da seguimiento sin concesiones a los sucesos violentos que se multiplicaron en nuestro país desde que Felipe Calderón Hinojosa, posiblemente el último presidente panista en mucho tiempo en este país, desesperado por la falta de legitimidad y credibilidad de una presidencia obtenida con trampas y fraude electoral, quiso darle vuelta a la tortilla al menos en la apariencia –siempre atento más a la generación de una opinión pública internacional favorable, es decir, a que Estados Unidos le diera aprobación y apoyo, que a lo que al respecto tuviéramos que decir los mismos mexicanos– al lanzar a las fuerzas armadas, sin la preparación suficiente para lidiar con la población civil, a hacer labor de policías en el combate al crimen organizado, principalmente el narcotráfico y sus inmediatas ramificaciones de secuestro, extorsión y trata. Los resultados de patear el avispero sin siquiera haber hecho un mapeo consistente y comprobable de los grupos criminales en México, o de sus inevitables vínculos con ese otro crimen organizado que es una clase política históricamente habitada por gente corrupta y sin escrúpulos, y construida a fuerza más de complicidades que de compromiso social, no fueron los que esperaba Calderón y su gabinete de incompetencias y sí el que vaticinamos muchos que fuimos tachados de agoreros: un desastre de violencia bestial y desatada, y la atomización de los grandes carteles visibles del narcotráfico en multiplicadas células violentas que se adueñaron, literalmente, de buena parte del territorio nacional, dentro y fuera del sistema, para convertir su área de influencia en auténticos reinados de terror.

Antes de que nos olviden
Regiones enteras de México pasaron así a manos de violentos macacos, para denominarlos con alguna elegancia, muchas veces portando uniforme de policía, particularmente municipal. Guerrero, como sabemos ahora hasta el hartazgo que se ha vuelto colectivo reclamo de que renuncie Enrique Peña Nieto, es un siniestro botón de muestra, pero eso mismo sucede en rincones de Veracruz, el Estado de México, Tamaulipas, Coahuila, Chihuahua, Tabasco, Chiapas, Quintana Roo, Morelos, Michoacán, Guanajuato… posiblemente sería más fácil encontrar estados de la República donde no opere a sus anchas un grupo criminal que enunciar todos en los que sí lo hace. México se convirtió entonces en un infierno, en un hoyo de muerte, en paredón y cuerda de esclavitud sexual y laboral para cientos de miles de seres humanos que alguna vez quisieron algo mejor. Allí miles de migrantes centroamericanos cosificados en negocios obscenamente inhumanos. Y Antes de que nos olviden les otorga a unos y recupera para otros algo tan simple y poderoso como la voz. En escenas duras y que desgarran, aparecen las víctimas y algunos de sus victimarios, y allí la estupidez supina de Calderón cuando fue interpelado por la madre de una víctima de esa guerra imbécil a que, por cierto, todavía nos obliga Peña: la de abatir sicarios, narcos o secuestradores, pero no tocar a sus padrinos políticos, no seguir el rastro inocultable de sus dineros y ostentosas riquezas, la de la innegable colusión entre gobierno y delincuencia.
Y por si pocas fueran cuitas y vergüenzas, no viene ni la producción ni la distribución de un documental tan valioso de ninguna de las televisoras nacionales. Esas andan ocupadas en lo suyo que es, en sentido contrario, omitir, callar, desvirtuar, desviar y dividir la atención y la indignación colectivos.
Cuidar el negocio, pues.