domingo, 22 de febrero de 2015

Pepe, presidente de Uruguay
La Suiza de América
Carlos Gabetta
 
Periódico La Jornada
Domingo 22 de febrero de 2015, p. 3
Al cabo de los dos gobiernos del Frente Amplio (FA) –Tabaré Vázquez 2004/09; José Mujica 2009/15)– y a punto de iniciar un tercer mandato, nuevamente con Vázquez como Presidente, los avances económicos, políticos y sociales en Uruguay son notables, además de evidentes, y no sólo para América Latina.
Baste señalar que la deuda pública pasó del 70 al 23 por ciento del PIB (más de la mitad, un 65 por ciento, está ahora denominada en moneda nacional); que las reservas del Banco Central alcanzan el 40 por ciento del PIB, los niveles más altos de la región (el próximo gobierno dispondrá así de 4 mil millones de dólares para destinar a obras de infraestructura); que el desempleo bajó del 20 al 6 por ciento; la pobreza, del 40 al 10 por ciento y la indigencia absoluta del 5 al 0.5 por ciento. Todos estos datos, y muchos más, están documentados por fuentes serias en un ensayo de Federico Fasano Mertens: Urna (sic) de dos: neoliberalismo o democracia(Brecha, Montevideo, 27/11/14. Viralizado en las redes sociales).
En cuanto al talante político del FA, baste también decir que Tabaré Vázquez ha ofrecido a toda la oposición, que ha aceptado, 25 altos cargos en la administración. José Mujica procedió del mismo modo.
Uruguay es el país de América Latina con más alto nivel de alfabetización, según la ONU. El segundo de la región, después de Chile, con menor índice de percepción de la corrupción; el tercero, después de Argentina y Chile, con mayor índice de desarrollo humano. El primero, con Costa Rica, en equidad de distribución de la renta: tanto el sector más rico como el más pobre representan sólo un 10 por ciento de la sociedad, respectivamente. Latinobarómetro, en un estudio realizado en 2008, lo sitúa como el país más pacífico de América Latina. También es uno de los 10 más verdes del mundo (Reader’s Digest); uno de los 20 más democráticos (The Economist) y de los más seguros y mejores para vivir (International Living).
Pero Uruguay tiene una historia particularmente destacada en materia institucional, cívica. Por algo desde principios del siglo pasado lo llamabanla Suiza de América. Primera Constitución, en 1830; educación universal, laica, gratuita y obligatoria, en 1877; ley de divorcio, en 1917; separación de la Iglesia y el Estado, en 1918; voto femenino, en 1938, el primero en América Latina.
José Mujica sostuvo en la entrevista que “la social democracia se fundó en el Uruguay, pero como somos un paisito, ‘chiquitito así’, no repercute. A partir de 1910, nosotros tuvimos transformaciones que eran francamente socialdemócratas. Un Estado democrático fuerte, agresivo, fundador, que iba para adelante, que resolvía problemas (ver entrevista).
“Tuvimos que defender todo eso cuando vino la oleada neoliberal… aquello de pagar las deudas con las cosas, con las empresas públicas ¿no? Y bueno, gracias a mecanismos que se han preservado, eso se pudo defender plebiscitariamente. Aquí no se pudo hacer lo que se hizo en Argentina, por ejemplo. Los argentinos vendieron todo para pagar las cuentas y al final se quedaron sin las cosas y con las cuentas…”
Pepe, presidente de Uruguay
El capitalismo parece haber dado todo de sí: Mujica
Lo lógico es que el socialismo democrático lo remplace
Tenemos que transformar el Estado, hacer esa revolución, evalúa
En cualquier sistema, nada es más hermoso, más preciado, que la vida
Vale la pena pelear para que la gente tenga un poco más de comida, dice
El gran elemento distribuidor en la sociedad, al menos en la actual, es el salario
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La reunión con José Mujica se llevó a cabo bajo un árbol de su chacra (predio que cultiva), a pocos kilómetros de MontevideoFoto Óscar Bonilla
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Tomó un termo y empezó a hacer mates para todos los que se encontraban en la entrevistaFoto Óscar Bonilla
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Le ofrecieron miles de dólares, pero Mujica ha dicho que nunca venderá su Volkswagen Fusca de 1987Foto Óscar Bonilla
Carlos Gabetta* / I
Especial para La Jornada
Periódico La Jornada
Domingo 22 de febrero de 2015, p. 2
Pepe Presidente. Dicho así, como en el título, parece una consigna electoral. Pero José Mujica está a punto de concluir –este primero de marzo– su mandato como Presidente y es másPepe que jamás. Llevo medio siglo en la profesión y he tenido oportunidad de conocer y/o alternar en distinto grado con mandatarios de lo más diversos, desde Ronald Reagan a Raúl Alfonsín, pasando por Fidel Castro, Mijail Gorbachov, Lula, François Mitterrand, Sandro Pertini, Michelle Bachelet y Carlos Menem, pero Pepe se sale del molde; es decididamente otra cosa. El único conocido que se le asemeja en talante democrático y sencillez es el argentino Arturo Illía, pero éste estaba lejos del arsenal teórico y la experiencia política y vital de Pepe.
El 11 de febrero pasado, a las 10 de la mañana, llegamos la periodista suiza Camilla Landböe, el fotógrafo Óscar Bonilla, el amable gestor de la entrevista Federico Fasano Mertens, el director de prensa de la Presidencia de Uruguay Joaquín Costanzo y yo mismo a la sencillísima, florida chacra de Pepe, a pocos kilómetros de Montevideo. Sale el Presidente a recibirnos, vistiendo camisa arremangada y fuera de los pantalones vaqueros, zapatillas con cordones a medio atar y gorra de béisbol. Saluda, estrecha manos, nos sentamos bajo un árbol, agarra un termo y empieza a cebar mates para todo el grupo. De vez en cuando interrumpe para pedirle a Bonilla que le preste tabaco y papel para liarse un pitillo.
Pero aunque esta descripción lo sugiera, no hay nada de pose, de pintoresquismo en Pepe Mujica. Respira, transpira, transmite autencidad, demostrada en su vida de toda la vida y sobre todo en lo que hace, en lo que dice. No he conocido políticos, menos aún Presidentes, que se expresen con tanta libertad sobre las limitaciones y problemas de su gestión, sobre sus propios partidarios y aliados, con un lenguaje mezcla de intelectual profundo y hombre de la calle. Pepe es uno de esos raros marxistas que han comprendido el materialismo humanista de Marx y hacen esfuerzos por ponerlo al día. En cualquier caso, un hombre cultivado y profundamente honesto, sincero. Se puede estar de acuerdo o no con todo o parte de lo que expresa, pero es imposible no maravillarse ante un personaje así.
Pepe, Presidente de la República Oriental del Uruguay.
CG (Carlos Gabetta): Empecemos por las cuestiones formales: ¿cómo es el trato? Lo llamamos Presidente, señor Mujica, José o…
JM (José Mujica): Pepe… y nos tuteamos.
CG: Gracias, Pepe. Comencemos entonces. Para un hombre como vos, que ha luchado en los años 70 por cambios políticos, económicos y sociales rápidos, definitivos; por una revolución, y ha pagado por ello, entre otras cosas con 15 años de cárcel… ¿Qué significa, años después de todas esas experiencias, ser Presidente electo, encontrarse al frente de una alianza de centro-izquierda, con compañeros que tienen ideas distintas y con una responsabilidad de gobierno?
JM: Los hombres, como cualquier cosa viva, amamos mucho la vida. Entonces queríamos un mundo perfecto. Después hemos sufrido bastante, pero por falta de velocidad, porque nos agarraron (risas), no porque fuéramos héroes. Pero allí empezamos a revalorizar el papel que tiene la vida, nada más y nada menos… Vale la pena pelear para que la gente tenga un poco más de comida, mejor techo, más salud, mejor educación, y transcurra su tiempo sobre el planeta lo mejor posible. Pero nada es más hermoso, más preciado que la vida… Y esto es así en el capitalismo, lo fue en el feudalismo, lo fue para el hombre primitivo… y lo será en el socialismo. Como la vida no hay nada… Eso es lo que aprendimos en esos años, que la vida es el primer valor, y en todo caso el segundo valor es la sociedad.
Por eso ahora andamos despacio, pero firme, tratando de apuntalar transformaciones que son relativas; lentas, porque deben consensuarse; que no son definitivas, porque lo único definitivo es la muerte…
CG: Lo que decís se podría entender, traducir, como una adaptación a la realidad…
JM: Uno no acaba nunca de adaptarse a la realidad, que es tan compleja… Es una manera de ver el mundo… algunos lo ven a través de una ecuación religiosa, otros meramente ideológica… yo me siento cada vez más emparentado con viejos filósofos como Séneca, como Epicúreo, como…
CG: Heráclito…
JM: Sí… Por supuesto, hay convicciones, un trayecto intelectual al que uno no va a renunciar, pero no debemos ser esquemáticos… Pienso que el hombre, como animal que es, por el disco duro que tenemos dentro, es gregario; no es un felino, es antropológicamente socialista. ¿En qué sentido? Necesita de la comunidad para vivir; no puede vivir aislado, tiene una honda dependencia con el grupo social. Ha vivido más del 90 por ciento de su existencia humana en forma primitiva; no separaba lo mío de lo tuyo. La propiedad, la competencia y todo eso que vino después. El desarrollo de la civilización fue conformando su individualidad; la noción acabada de individuo acaparador es moderna, capitalista. Nosotros somos capitalistas por formación histórica, porque vivimos en este momento del desarrollo de la la civilización.
CG: Hace unos días leí una frase tuya: vamos a tener guerra hasta que la naturaleza nos obligue a ser civilizados…
JM: Y sí, por ahí vamos. El capitalismo, como todo, es contradictorio. Por un lado, está la injusticia, la desigualdad, las guerras; pero ese egoísmo que lleva adentro es un motor formidable, que ha desarrollado ciencia, tecnología, todo eso, ¿verdad? El capitalismo nos ha dado muchos azotes, pero nos regaló 40 años más de vida promedio en el último siglo… ¿qué te parece? Ahora parece haber dado todo de sí; lo lógico es que el socialismo democrático lo remplace, pero los tiempos de la historia son largos. El capitalismo se desarrolló durante tres siglos sin democracia política…
CG: Alguna vez dijiste algo así como de los problemas no hay que lamentarse; hay que enfrentarlos.
JM: Sí, el asunto es encontrar el modo…
CG: Justamente, una vez en un gobierno como el que presidís, ¿cómo se van resolviendo esas contradicciones?
JM: Se va negociando lo que se puede, tratando de contribuir a que la sociedad sea lo más equitativa posible, interviniendo permanentemente con políticas fiscales, sociales, impulsando la organización de los trabajadores para que discutan el precio de sus manos. Porque en definitiva, el gran elemento distribuidor en la sociedad, al menos en la actual, es el salario. No es el único, y además tiene un límite, porque si le meto la mano demasiado en el bolsillo al que tiene que invertir, no invierte y al final tengo menos para repartir… Mirá el resultado humano y práctico que han tenido los experimentos apurados, definitivosdel socialismo: al final tuvieron menos para repartir…
CG: También fueron experimentos antidemocráticos…
JM: Por supuesto, porque cuando se te achica todo, tenés que caer en la ferocidad represiva… Pero lo peor de ese socialismo es la burocracia… Empezás a depender no de los productores, sino de los capataces… El capitalismo tiene los problemas que conocemos, pero siempre hay algo que aprender, hasta del adversario. Hay que aprender de la inteligencia, no de la estupidez.
CG: ¿Hasta dónde avanzó el Frente Amplio (FA) y qué le queda por hacer?
JM: El problema es que tenemos una herencia, como es normal. A partir de la década del 40 –las fechas pueden ser arbitrarias– en Uruguay la democracia se nos fue amortiguando; caímos en clientelismos, en utilizar al Estado para colocar mucha gente, demasiada gente, y así le fuimos quitando competitividad. Por unproteccionismo hacia la gente que trabaja, creamos una categoría de funcionarios prácticamente intocable que tiene su porvenir asegurado; entrando en el Estado, dentro de 40 años se jubila y nadie lo toca, haga lo que haga. El Estado perdió vigor, y obviamente los sindicalistas defienden esas conquistas, con lo que se transformaron en defensores del statu quo que maniataba al Estado… Tocar eso en el Uruguay es como hacer una revolución… Entonces, quedamos a medio camino.
El Frente trató de vigorizar las conquistas siendo menos demagógico, tratando de usar y hacer las cosas un poco mejor, pero tenemos que transformar el Estado, hacer esa revolución. Tenemos los instrumentos, pero debemos ponernos de acuerdo: además de la energía, las comunicaciones, etcétera, el Estado tiene en sus manos el principal banco del país; el 60 por ciento del movimiento bancario está en manos del Estado y nosotros (el FA) vamos levantando la consigna hay que nacionalizar la banca…
¿Para qué vas a nacionalizar la banca? La banca estatal tiene que funcionar a cara de perro, de tal manera que la banca privada no tenga otro remedio que aceptar las reglas de juego. Ese es uno de los desafíos que tenemos por delante.
CG: Junto con Chile, y a diferencia de Argentina, en Uruguay los crímenes de la dictadura de los 70, gozaron de una ley de caducidad, plebiscitada…
JM: Creo que el pueblo uruguayo tuvo miedo… y con buen talante, en alguna medida decidió hacer gárgaras con tachuelas… Difícil, duro, pero priorizó la tranquilidad.
CG: Pero luego la Corte Suprema declaró inconstitucional algunos aspectos de esa ley de olvido, para llamarla de alguna manera. ¿Cómo se manejó este asunto en tu gobierno?…
JM: El problema es complejo. Por un lado, los criminales no se van a autoacusar; por otro, han dejado muy pocas pistas, yo diría que ninguna, para que la Justicia se aplique plenamente, con lo que tendríamos para muchísimo tiempo. Verdad y justicia suelen ser contradictorias y el problema está en la división política y las peleas, los odios, que eso genera en la sociedad cuando se prolonga en el tiempo. Fijáte en Argentina, empezaron bien, pero luego fueron haciendo un enchastre tan generalizado y masificado que han pasado 30 años y hay puntas, flecos por todos lados… En Uruguay no… Tuvimos violencia y dictadura, pero la gente decidió olvidarlo, si vos querés. Ya veremos cómo se va resolviendo institucionalmente lo de la Corte Suprema.
Por último, hablando de justicia y no sólo respecto a los crímenes de la dictadura, Uruguay funciona con un sistema jurídico acorde con el pasado, pero no con los cambios necesarios en el presente. Si tú en Uruguay le querés poner un impuesto a la tierra, a la concentración de la tierra, te lo terminan declarando inconstitucional. Como en todo el mundo y siempre en la historia, la juridisprudencia fue pensada e instalada por las clases dominantes, las capas conservadoras. Tenemos que lidiar con eso; no lo hemos transformado. Nosotros (el FA) hace rato que tendríamos que haber impulsado una reforma constitucional, porque si no cambias los instrumentos jurídicos, después te encontrás con esas contradicciones, con un freno formidable. La Justicia, esa señora que ponen con una venda en los ojos y una balanza en las manos… eso no existe, porque la justicia refleja el peso de las clases que dominan en una sociedad. Los instrumentos jurídicos están sometidos a la historia, y la historia es una lucha de clases… Todo está pues influenciado por la política. Creo que no existe acto más político que una revolución, y todas las revoluciones han sido fundadoras de derecho, fuente de jurisprudencia. O sea que la o las clases que predominan son las que establecen las leyes. Eso es lo que necesitamos ahora, cambios democráticos, es decir aprobados por la mayoría, pero de fondo, que reflejen y al mismo tiempo permitan los cambios que necesita Uruguay en el presente.
CG: Marx estaría de acuerdo con vos.
JM: Mejor dicho, yo estoy de acuerdo con Marx…
CG: Quisiera pasar al tema regional, Pepe. El Mercosur, por ejemplo, que ha sido creado en 1989 y aún no pasó de algunos acuerdos comerciales y aduaneros, que tampoco funcionan muy bien… ¿Qué opinás de esos organismos, de su presente, y de lo que deberían ser?
JM: En América del Sur, y en toda América Latina, tenemos un gran desafío por delante. Si no creamos mecanismos que nos vayan integrando, que nos puedan dar una presencia internacional de peso, vamos a continuar como hojas sueltas en el viento. Es evidente que en el mundo se están organizando gigantescas unidades. China es un estado plurinacional viejísimo; la India por el estilo. Estados Unidos con el poder y las necesidades que tiene, con Canadá detrás y México, ese bocado al alcance de la mano, ya está de hecho convertido en una unidad. Europa, con todos los problemas que atraviesa, sigue en el proyecto de conformar una gigantesca unidad. Y si mañana fracasa, acabará tragada por una unidad mayor.
¿Y qué hacemos nosotros en este mundo, un montón de repúblicas aisladas que vienen corriendo de atrás? Seguimos metidos en el proyecto nacional. En los países determinantes de América Latina, Brasil, Argentina, México, los dirigentes hablan y asumen un discurso integracionista, pero desde el punto de vista práctico, están metidos hasta las orejas en las contradicciones del Estado nacional. Hacia afuera, hacia los otros países de la región, se conducen según sus tensiones internas… Estamos lejos de tener una política de construcción. Hicimos un pacto aduanero para negociar, ¿tá?... pero en cuanto hay alguna contradicción interna ¡tá!, ya le ponen el tapón… Hace pocos días estuve en un acto del Partido de los Trabajadores brasilero, donde estaban nada menos que la presidenta Dilma Rousseff y Lula… Escuché atentamente todos los discursos, y en ningún momento hablaron de la integración. Y no lo hacen por maldad; son de lo mejor. Cada vez que tenemos un problema con Brasil, hablamos y negociamos y lo solucionamos, pero la política interna y los problemas de Brasil les imponen la agenda… Y entonces, ¿qué estamos haciendo? Creamos organismos, nuevas instituciones, Mercosur, Unasur…
El proyecto integrador tiene 200 años, desde San Martín, Bolívar, Artigas, pero los partidos de izquierda hemos sido tan torpes que eso no es una bandera popular; en ninguna parte de América Latina hay una manifestación de masas peleando por la integración… eso apenas tiene un barniz de carácter intelectual, pero no está integrado como una necesidad histórica básica.
¿Sabés quiénes somos los más integracionistas? Los países chicos; por necesidad… porque vamos corriendo de atrás. La integración precisa un liderazgo, y ese liderazgo se llama Brasil… pero la Argentina tendría que acompañar, y no acompaña un carajo, más bien lo contrario, es como si la Argentina se hubiera retrotraído a una visión de 1960.
CG: En cuanto tiene el viento de cola, Argentina se olvida de la integración, cuando le van bien las cosas agarra para otro lado…
JM: También Brasil… Te voy a hacer una confesión: me dijo una vez la presidenta de Brasil: “¡Ay, Pepe, con Argentina hay que tener paciencia estratégica…!”
Brasil les ha bancado de todo a los argentinos, de todo… Pero no quiere perderlos como aliado. La Argentina termina siendo determinante en todo… lo que haga o no haga la Argentina va a incidir en el rumbo que tome Brasil.
CG: ¿Dilma dijo eso? ¿O Lula?
JM: Dilma. Lula piensa igual… Y me vienen a buscar a mí para que me haga cargo de la lucha de integración. Lula dice: yo no puedo, Pepe, no puedo porque soy brasilero (…) hay una fuerte burguesía paulista, que sin dirección política, coloniza en lugar de integrar. Hacen una inversión en Uruguay y compran algo que hicimos nosotros en lugar de fundar una cosa nueva. Ahora tenemos 40 por ciento de los frigoríficos en manos de brasileros. Van a la Argentina y hacen lo mismo. Eso, lo único que hace es desintegrarnos…
CG: Los argentinos hacen otro tanto cuando pueden…
JM: También, porque eso es natural en la voracidad capitalista. Pero políticamente hablando… yo no le voy a pedir a los burgueses que sean socialistas…
CG: Pero sí que sean buenos burgueses…
JM: ¡Por supuesto!... Ese es el más grave de todos los problemas… nuestras burguesías son muy atrasadas, son burguesías capitalistas, pero tienen una mentalidad precapitalista; en todo caso dependiente.
*Periodista y escritor

domingo, 15 de febrero de 2015



Francisco Torres Córdovaftorrescordova@yahoo.com
Nunca un solo día
Desde ese día el tiempo ya no es lo que era. Cambió de modo y ruta, de lugar y peso en la mente y en el alma. Volcado en la emergencia en todas partes, en cada minuto desgranado, seco y denso su aire en la garganta y la memoria hasta el calor de los pulmones y la voz que empujan el reclamo a la violencia, pasa quebrado, fibroso y extranjero. Las horas, si sólo fueran eso y no el caracol de su vacío, ocurren en espasmos de insomnio y sobresalto cotidiano, y erizadas sin reposo en la cresta de una urgencia que se enquista en la conciencia, se van deshaciendo de su cifra y en ninguna agenda o manecilla encuentran punto de consuelo o referencia que dé razón de dónde queda lo extraviado, para ir a su encuentro y regresarlo, para ponerlo de pie, el rostro al alcance de la mano como era y ha de ser lo más cercano vivo, lo más propio en la distancia que es un hijo. Ahora ese día es este tiempo despojado, quitado a la cadencia y el tramado milenario que era del agua y los otros elementos, y no comprende ni acepta como antes el profundo engranaje de la luz y los planetas que le pasan por el cielo, bajo el suelo y aun a los costados en un horizonte que era sin fisuras como había sido desde siempre, porque ya no hay ese siempre, y así alarga y aprieta su puño en la razón, derriba la puerta de la casa con su ruido y disloca en la boca la palabra de familia, su íntimo silencio con todo lo soñado roto, cruzado por los humos de un fuego imposible y mudo a la intemperie –nadie vio ni oyó el preciso crepitar de huesos, o respiró en el viento algún olor a miradas que flameaban en la gran indiferencia minuciosa de las cosas. Ese día que nunca habrá de ser un solo día, sino al contrario y desatada una ardua y sinuosa eternidad a escala humana, que es decir a flor de piel su hielo y adentro en las entrañas su lenta y rigurosa desazón, no concede a la ausencia contrahecha o a la muerte sucia el reposo del olvido. Porque en el horror que retuerce las letras de sus nombres –Acteal, Atenco, San Fernando, Tlalaya, Ayotzinapa y muchos más apenas estos años en esta geografía–, no hay una simple coyuntura de azar y de infortunio que los salve en la inmensa coartada del destino. No son un accidente, un sismo incalculable, una repentina anomalía o un nimio desatino impredecible en el algún bucólico sosiego de los días, y en las parcas verdades de la historia no caben en la punta ubicua e inasible de un instante, de un momento aciago –como concede intocable y pulcro en su arenga sudorosa la iletrada investidura del poder–, pero al cabo imponderable y que habrá de superarse con no se sabe qué resignación ajena a la justicia. Los crímenes de Estado, de la barbarie y la estulticia que son aquí y en todo el mundo, en el alma de los vivos que lúcidos insisten en la vida, no prescriben, no clausuran su presencia. Cuán oscura e incurable pequeñez hay en reducir entonces a un instante ante los padres la ausencia de sus hijos. Y cuán siniestro es su cinismo en el poder.


Ricardo Yáñez
Feliciano
Feliciano Carrasco es físico matemático, maestro en el Politécnico, compositor y cantante, lo que con esa palabra compuesta a la que difícilmente nos acostumbraremos llamamos cantautor.
Juchiteco, es naturalmente hombre de raíces, y no sólo tiene como primera lengua el zapoteco sino que además lo enseña, en el foro José Martí, por la Alameda.
Discreto, equilibrado, sereno, buen escucha y por tanto muy buen conversador, es un hombre dispuesto a la alegría. De espíritu comunitario, en su vena de promotor cultural dirige en Tlatelolco un acaso modesto, pero lleno de vida, centro en honor a la memoria del poeta Macario Matus, de quien el pasado 2 de enero se conmemoró lo que hubiera sido su cumpleaños setenta y dos.
Dentro de la campaña que el gobierno capitalino ha emprendido contra el racismo y la discriminación, en andenes y vagones del Metro puede usted toparse –blanco y negro– tras unos lentes claros, con el a la vez serio y contento, humilde y orgulloso, rostro de Feliciano.

Verónica Murguía
Nomás checo mis mensajes
Hace tiempo vi en el periódico una foto de un mural reciente del artista inglés Bansky en el que dos amantes se besan mientras cada uno mira por encima del hombro del otro el teléfono para checar el correo. Me pareció al punto, aunque tristón. Luego leí que la mitad de los estadunidenses que participaron en una encuesta admitieron que escudriñan el teléfono mientras hacen el amor. Eso me pareció a medias ridículo y a medias alarmante. Si, como sabemos, la mente nos impide vivir plenamente en el presente porque, o nos lleva al futuro o nos ata al pasado, el teléfono amplía esa dislocación.
Todos hemos interrumpido algo por el teléfono celular, propio o ajeno: conversaciones, clases, lecturas, comidas, siestas. A mí me fastidia, a otros les vale. El espectáculo de una familia sentada en la mesa de un restaurante, cada uno con su pantalla, me provoca melancolía. He visto, hasta ahora, cuatro. Los niños jugando, la madre mirando un catálogo de no sé qué, el padre absorto en una hoja de Excel.
La verdad, a mí el solipsismo ajeno, elegido libremente, me importaría un pepino si no fuera porque: 1. la gente maneja, escribe textos y atropella a otros y 2. cualquier criminal con un teléfono puede registrar hechos horribles que los medios están obligados a recoger y que la gente mira con fruición embruteciéndose (estos son los días terribles del asesinato de Moaz al-Kasabeh a manos de isis).
La discusión del derecho a saber, de la banalización de la muerte y la pornografía de la violencia es urgente, pero el tema no lo voy a tratar aquí porque requeriría mucho espacio. Baste con mencionar que los fotógrafos de guerra se entrenan y preparan para registrar las imágenes; que hay quien queda marcado de por vida al hacerlo y que la mínima pantalla del teléfono no le da contexto a esas víctimas y su dolor. Seguro que hay valía en muchos registros, pero otros son propaganda del horror, como lo de isis.
Una de las ventajas de no usar iPhone o teléfono inteligente es que, en lugar de mirar el teléfono, observo a la gente mientras ellos lo hacen. Se ha dicho, y se hacen bromas y estudios, que la forma de relacionarnos, al menos en esta parte del mundo, ha cambiado de manera irreversible desde el advenimiento del teléfono inteligente. Que los gestos con los que los individuos se alejaban momentáneamente del grupo, quizás escudados tras un cigarrillo, una libreta o el silencio, ahora se han transformado en la relación con un grupo, en el que hay desconocidos, por medio de un adminículo del tamaño de una mano. Estoy segura de que es verdad, aunque no sé si sea bueno.
Hace meses leí que Steve Jobs no permitía que sus hijos tuvieran iPads. Busqué la entrevista para redactar estas líneas (y no andar inventando) y sí: en septiembre del año pasado el periodista Nick Bilton y Evan Williams, el inventor del blogger y el Twitter, limitaban o prohibían el acceso de sus hijos adolescentes a los gadgets con lo que se habían hecho ricos. El más estricto era Jobs, quien de plano prohibía las pantallas. Bilton, quien se había imaginado la casa de la familia Jobs como el paraíso nerd, con iPods de regalo para las visitas, sintió que viajaba en el tiempo. En la casa de Jobs no había muchas pantallas. Sus hijos tenían, eso sí, miles de libros de papel.
En el café miro, además de a las personas que conversan entre sí, a muchas que se hacen compañía mientras se dejan hipnotizar por el teléfono. Se dice, incluso, pero me parece una tontera, que nunca se ha leído tanto como ahora porque las personas leen mensajitos. Sin necesidad de atender estadísticas, uno puede distanciarse de esa optimista afirmación. Es como decir que la gente está bien alimentada porque anda por ahí masticando chicle.
El cigarro, tan impopular ahora, me parece mucho menos inoportuno que un mensaje o timbre telefónico, pero soy muy celosa de algo que va desapareciendo y que se llamaba “vida privada”. Además, el cigarro como que la consagraba, pues cuando uno guardaba silencio y fumaba, aparentaba cierto talante filosófico. Se hablaba con el otro envuelto por el humo, se preparaba para escuchar o decir, verbos que describen actos ya anticuados.
No sé por qué no puedo participar del entusiasmo con el que todos miran sus pantallas. Y quizás, lector, así es como lees esto que escribo.
Es decir, no hay remedio.


Jorge Moch
tumbaburros@yahoo.com
Twitter: @JorgeMoch
La generosidad venenosa
Qué curioso que un gobierno neoliberal y descaradamente proclive a los ajustes que sociabilizan las pérdidas (pero privatiza las ganancias, según dicta el intervencionismo financiero del Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, esos parnasos del expolio) para regentear la pobreza con propósitos mezquinamente políticos regale algo. Y qué peculiar situación que ese algo sean aparatos de televisión en un régimen postulado, sostenido y defendido por los principales consorcios mediáticos de México. Y qué sospechoso que ese gobierno, que regala televisiones (en cuyas cajas se lee como un estribillo burlesco “mover a México” a pesar de que el Instituto Nacional Electoral definió la leyenda como ilícita) lo haga precisamente el año en que hay elecciones intermedias en el país. Sí, “mover a México”. En cámara lenta. En retroceso. Al fondo del pozo. O de la fosa clandestina…
No es que escandalice gran cosa ese maridaje entre las televisoras y “su” presidencia conocido hasta la náusea. Es que ya no nos escandaliza nada. No sé –quizá los haya– de ningún mexicano que con toda dignidad hubiera rechazado esos televisores que regala el gobierno “para mover a México”. Ya los mexicanos llevamos décadas sumidos en el aletargamiento y casi nadie se atreve, cuando se las ofrecen, a decirle al gobierno y sus compinches que se metan sus canonjías por donde les quepa. Unos pocos –multitudes de decenas o cientos de miles, sí, pero en una población de más de cien millones apenas un puñado– hemos salido en algún momento a las calles, a desquiciar esa apatía cotidiana, el tráfico usual, la exacerbada percepción de grandeza que de sí mismos tiene esa runfla de patanes que con puestos públicos se sienten (y son casi siempre) intocables, impunes, refractarios a las leyes o inmunes a cualquier aproximación a la moral, a un mínimo, relativizado concepto de decencia. Al mexicano no parece ya molestarle gran cosa nada, ni las balaceras en la puerta de casa, y parece que sólo unos pocos reaccionan cuando las hordas de delincuentes y policías, que en muchos lugares del país son lo mismo, les secuestran a sus hijas o les matan a sus hijos.
Pero el grueso de la población sigue envarada entre el sopor y el miedo. La clase media persiste en dividirse entre hacer algo y no hacer nada, y los de la segunda opción, me temo, parecen ser mayoría. Mientras existan fanatismos religiosos y futboleros o recursos facilones de distracción entre vulgaridades y chismes –precisamente los tópicos con mayor incidencia en las producciones televisivas nacionales, incluyendo esos mal llamados noticieros– seguirá teniendo vigencia el párrafo que como vaticinio dejó escrito Décimo Junio Juvenal en la décima de sus Sátiras  romanas: “Desde hace tiempo –exactamente desde que no tenemos a quien vender el voto–, este pueblo ha perdido su interés por la política, y si antes concedía mandos, haces, legiones, en fin todo, ahora deja hacer y sólo desea con avidez dos cosas: pan y juegos de circo.”
Acá ya no hay mucho pan, pero queda mucho circo. Y el maestro de ceremonias por excelencia es la televisión. Por eso en un año de crisis económica, con el desplome de los precios petroleros, el gobierno aprieta el presupuesto en la salud y la educación pero sigue manteniéndose a sí misma, caterva de vividores y delincuentes, con sueldos escandalosamente estratosféricos, y sostiene lujos absurdos para funcionarios ineptos y huevones, aunque signifiquen menos hospitales, y mantiene un parlamento mayoritariamente constituido por gente inútil, imbécil y perversa, aunque eso signifique una resta terrible en el inventario de bancos de escuela o bibliotecas, y en lugar de regalar becas y libros o medicamentos regala… televisiones.
Con un pretexto francamente idiota: al darse el apagón analógico, pobrecita la población que se va a quedar sin su novela de la noche, sin su lectura de noticias a modo, sin sus partidazos de fut.
No vaya a ser que demasiada gente vaya a leer los demasiados libros, las noticias en redes sociales o en medios no lacayunos y críticos; que vaya a interesarse por lo que de este país se publica en la prensa extranjera, que es, según parece, donde los mexicanos podemos saber cuánto se ha robado quién y en qué lujosos menesteres ha dilapidado nuestro dinero…
¿Y si en lugar de televisiones regalara computadoras y conexiones a internet? Pues claro que no, porque entonces la gente podría salir del letargo. Y de eso se trata “mover a México”. De mantener el poder.
A perpetuidad.
 
Ricardo Guzmán Wolffer
Bradbury, el poeta policíaco
A Roberto Carreño
Antes de que llegara a la fama mundial como uno de los grandes escritores de ciencia ficción, el maestro Ray Bradbury intentó con afán ser autor del género policíaco: a principios de la década de los cuarenta, sus cuentos aparecían en Dime Detective, Dime Mistery Magazine, Detective Tales y Black Mask. Una de sus mejores recopilaciones es Memoria de crímenes.
Ya desde sus iniciales relatos policíacos se podía ver una peculiar forma de divulgación científica: en la mayoría hay un dato acreditado que sustenta la trama o algún diálogo. En “El pequeño asesino”, un recién nacido mata a sus padres; uno de ellos le explica al doctor qué pasaría si, por cualquier causa, un niño entre billones naciera lúcido, capaz de pensar instintivamente: le bastaría fingir que es una criatura indefensa e ignorante para hacer lo que quisiera; cierto de que no tiene moral, pero sí decisión de eliminar a sus padres, que conocen el tipo de hijo que han engendrado. Se trata de un relato con crímenes pero con un misterio avasallador, casi terrorífico, donde el bebé de meses terminará por enfrentar al doctor que blande un escalpelo. En “Muere un hombre cuidadoso”, el protagonista padece de hemofilia y debe cuidarse de cualquier derrame sanguíneo.
Especialmente por estar escribiendo una novela donde habla sobre el narcotráfico y sus participantes, entre ellos su exnovia, quien se divierte más con el vendedor de droga. Al final, la novia lo deja sangrando a la mitad de la montaña. Todo indica que morirá si no llega a un hospital, pero, qué demonios, “¡qué día tan espléndido para pasear!” Al borde de la muerte el personaje ríe frenéticamente ante el reto que su traidora novia le ha puesto. En medio de sangre y devastación, la rabia por seguir vivo deja a un personaje entrañable en las cercanías de la inmortalidad literaria. Incluso en estos relatos “menores”, la vena heroica, donde la vida es grandiosa, brota: efecto que llevaría a niveles máximos en sus novelas señeras.
Este guiño a la divulgación científica que caracterizó a la inicial ciencia ficción, conocida como “dura”, mezclada con muertes y bajos fondos de los cuarenta, encumbran de nuevo a Bradbury, más si se le añade una intención poética, a veces a rajatabla y a veces sutil. En “¡Me quema!” estamos en un relato contado por el muerto, ante la esposa que coquetea con un reportero, los detectives y policías y el forense que revisa el cadáver. Pero su narración es distinta: “Estoy muerto./ Descanso aquí, dormido, y estas personas son los fragmentos de mis sueños sin sangre.” La hermosa viuda es descrita continuamente como un leopardo que se lame las patas, satisfecha de su cacería. Al final, cuando sabe que sólo será la noticia del día siguiente y, tal vez, el perpetuo miedo infantil inconsciente de la pequeña vecina que lo ha visto tendido, sabe que será cremado, pero espera que, ese día, a su esposa y demás involucrados en levantar su cadáver, una mota se les meta en los ojos. “Una mota de ceniza gris”, como si su alma tuviera un último refugio en esas motas de su cuerpo quemado que vuelan para anidarse en los ojos que lo han visto y, tal vez, le sirvan para mirar el mundo de nuevo.
Bradbury, no obstante, no deja el humor. Su detective expolicía Douser no necesita de golpes o armas para acabar con los delincuentes: logra desesperarlos y a unos los enloquece, literalmente, y a otros los lleva a tal grado de confusión que terminan por matarse entre sí. Una novedad del género.
La veta oscura anidaba desde joven en Bradbury, según demuestran “Media hora de infierno” y “Circo de cadáveres”, entre otros. En el primero matan a un ciego, pero luego nos enteramos de que previamente esa víctima  había sido el victimario de su asesino, al sacarle los ojos, y todo por la novia en disputa, que termina casándose con un tercero, sólo por el detalle de que éste no es ciego. En “Circo” logra una historia paralela a los “Freaks” de Browning en lo que parece un clásico planteamiento de cuarto cerrado: matan a uno de los siameses, el cual es separado del moribundo y luego se dedica a buscar al culpable. La monstruosidad termina por ser interna, no física.
Además del inevitable crimen, cada cuento tiene un componente de mayor peso, generalmente relacionado con la fantasía oscura o con agentes perturbadores de la psique básica. Bradbury pone en su lugar a autores más reconocidos en el género policíaco: un autor completo, capaz de brillar en distintas áreas literarias sin perder la calidad. Bradbury, el imperecedero.