viernes, 7 de noviembre de 2014

Premio Nacional de Periodismo por trayectoria
Elena Poniatowska
H
ace años, en 1978, cuando todavía vivía mi padre, recibí en Palacio Nacional el Premio Nacional de Periodismo al lado de Cirino Pérez Aguirre, del periódico Novedades; Renato Leduc, el de la sabia virtud de conocer el tiempo, a tiempo amar y desatarse a tiempo; Efraín Huerta, Elgran cocodrilo; Francisco Picco, de La Prensa; Froilán Flores Cancela, delDiario de Jalapa; Jorge Carreño, caricaturista de Siempre!, y Guillermo Jordán, de Canal 13.
Fue un momento de mucha emoción y Felipe y Paula, mis dos hijos pequeños y yo nos detuvimos frente a José López Portillo, Víctor Flores Olea y Jesús Reyes Heroles, entre otros miembros del gabinete, para que nos entregaran el premio. Recuerdo que a la hora de la foto, López Portillo nos dijo a María del Carmen Millán y a mí:Vénganse mis chaparritas. El ambiente era festivo. Según López Portillo teníamos que prepararnos para administrar nuestras riquezas, sobre todo la petrolera.
Hoy las circunstancias han cambiado. Recibo el Premio por trayectoria a mis 82 años con la misma emoción, el mismo agradecimiento, pero me es imposible no constatar que las circunstancias no son las mismas. Entonces, había muchos problemas pero medio se resolvían. López Portillo abría en Europa sucursales de venta de nuestro petróleo y entre varios jóvenes ingenieros, uno de ellos amigo de mi hijo mayor Mane, Alfonso Herrera, había sido comisionado para buscar en París futuros compradores. De Chiapas, Tabasco y la rica sonda de Campeche brotaba el petróleo a borbotones. ¡Qué nos duraban los pozos petroleros del continente africano! Seríamos los primeros en América Latina, todos nos envidiarían, seríamos un gran ejemplo de prosperidad.
¿Qué pasó? ¿Por qué nos fuimos para abajo? Lo dicen muy bien analistas de la talla de Adolfo Sánchez Rebolledo. Perdimos nuestro proyecto de nación.
Hoy por hoy, en México, decir la verdad es jugarse la vida. A cada reportero o reportera, a los jóvenes hombres y mujeres que conforman la infantería de un periódico deberían prevenirlos: ¿Está dispuesto a morir?En las ciudades del norte, los periodistas son cazados como conejos y hasta ahora nadie ni nada los ha protegido.
Todas las armas son corruptas.
Algunos de los números oficialesdicen que de 2000 a 2011 han muerto 74 periodistas, otros que son 80, otros más 83. Lo terrible es que el número aumente. El 30 de mayo de 1984, Manuel Buendía fue abatido en la ciudad de México porque escribía la columna Red Privada, que reproducían 60 periódicos mexicanos; su tema era el narcotráfico y la corrupción del gobierno. Desde su asesinato me pregunto, ¿hasta cuándo ejercer el periodismo será una sentencia de muerte? ¿Cuánto tiempo más debemos esperar para que las autoridades ofrezcan garantías reales a quienes ejercen esta profesión? ¿Cuantas Reginas Martínez asesinadas en Veracruz faltan? ¿Cuánto tiempo pasará hasta que dejemos de ser el país más peligroso de América Latina para la prensa?
Foto
La escritora, periodista y colaboradora de La Jornada Elena Poniatowska Amor, el 5 de abril de 2011 en el Palacio de Bellas Artes, durante la presentación de su libro Leonora, dedicado a la artista surrealista Leonora Carrington (1917-2011)Foto María Meléndrez Parada
Recibir el premio a los 41 días de la desaparición de los 43 estudiantes normalistas de Ayotzinapa apachurra el corazón. ¿A ellos quién los premió? ¿Qué les dio México? Los premios nunca les tocan a los que más los merecen, a los pobres, a los que atraviesan el día como una tarea sin más recompensa que el sueño. Alguna vez, Guillermo Haro le ofreció un aventón a un campesino en la carretera Puebla-México y por romper el silencio le preguntó: ¿Y usted qué sueña? Y él le respondió: Nosotros no podemos darnos el lujo de soñar.
El escritor y filósofo Adolfo Sánchez Rebolledo se pregunta a más de un mes de la matanza de Ayotzinapa, qué ocurrió con los 43 estudiantes secuestrados por la policía municipal y entregados a las bandas que dominan todo Guerrero. La ineficacia y corrupción de la autoridad federal y la estatal para encontrar a las víctimas es indignante y afecta tanto a la sociedad como al régimen. El futuro de nuestro país depende del paradero ignorado de los normalistas. Insistimos, insistiremos, nunca vamos a dejar de decir: Vivos se los llevaron, vivos los queremos.
Todos somos víctimas del feroz escarmiento a México y todos vamos a seguir exigiendo la aparición de los muchachos. Ayer, en la marcha del 5 de noviembre, una pancarta expresaba nuestro dolor al reproducir El grito, del pintor noruego Edvard Münch. Al igual que Sánchez Rebolledo preguntamos: ¿Qué clase de policía tenemos, qué clase de procuradores, qué clase de jueces, qué clase de dirigentes, qué clase de partidos políticos, qué clase de senadores, qué clase de diputados, qué clase de gobernadores?
Como periodistas, mis compañeros y yo, recibimos el premio con vergüenza por la situación de nuestro país, pero también como un estímulo para seguir diciendo nuestra verdad, pase lo que pase. Somos 12 aquí presentes, 12 que apenas si nos atrevemos a sonreír. Emmanuel Alejandro Sibilla y Jesús Sibilla, autores de Los excesos de Granier; Alejandra Sánchez Inzunza, José Luis Pardo y Pablo Ferri, autores de un reportaje sobre narcotráfico en América Latina; el joven Humberto Padgett León, autor de “Zulema y El Chapo, amor sms y tragedia”; el todavía más joven regiomontano Diego Enrique Osorno González, con su esperanzador El escritor no se volvió cobarde ni caníbal; el joven creador nacido en 1984, Enrique Rashide Serrato Frías, con su premio de fotografía porEscuela de cartón; el doctor en sociología, Javier Esteinou Madrid, con el artículo de fondo: La reforma constitucional de las comunicaciones; el cubano multipremiado Ángel Boligán Corbo, con su caricatura de laReforma energética, y mi gran y muy querido amigo Pepe Gordon –José Isaac Gordon Steiner– con su innovadora La oveja eléctrica, un programa televisivo de ciencia que a todos nos enseña y deleita, por El Boson de Higgs, nuevas fronteras de la ciencia.
Estar al lado de todos ellos es una alegría en medio de la negra noche que para todos significa la inmensa injusticia de Ayotzinapa.

martes, 4 de noviembre de 2014

Read Francisco Goldman’s first report from Mexico.
On Sunday morning, a heartbreaking headline appeared on the news Web site SinEmbargo, which is based here in Mexico City: “I Know My Son Is Alive and That He Will Be a Teacher.” The speaker was Manuel Martínez, the thirty-five-year-old father of a seventeen-year-old boy named Mario, who has been missing since September 26th, along with many of his classmates at the Ayotzinapa Normal teacher-training school. That night, according to witness testimonies and the confessions of those arrested in the case, six students from the school were murdered by municipal police and other gunmen, and forty-three others were “disappeared” in the small city of Iguala, in the Pacific-coast state of Guerrero.
The Martínezes are indigenous Huave from the impoverished seaside village of San Mateo del Mar, in Oaxaca. Martínez told SinEmbargo’s Humberto Padgett that he’d also studied at Ayotzinapa, twenty years before, and that his son had long dreamed of following in his footsteps. Like many other rural schoolteachers, Martínez built his little school with his own hands, out of planks and zinc sheeting. “All the rural schools are bad,” he said. “Here and in the country, education is in terrible shape. … In my school, we don’t even have electricity. The students live in the same conditions we do, or a little worse, because they live on just corn and beans, and from their tomato and chile harvests. … None of them owns a pair of shoes; they use huaraches or sandals.”
Martínez went on, “The authorities should pay for what they’ve done because they’ve done the very worse that you can do, to the most humble of people.”
The country has been seized by the story of the missing forty-three, though many refuse to believe the worst until it can no longer be denied—my dentist, for example, says that this is all just a student prank that went too far, and that the students will turn up any day now, sheepish and contrite. Meanwhile, concealed graves full of human remains keep turning up in the mountains and hillsides of impoverished Guerrero. One recently discovered grave held sandals and backpacks. Federal authorities discovered yet another grave on Monday, in the municipal dump of remote Cocula. There has been speculation that the grave could hold the remains of at least some of the students, but nothing has been confirmed yet. An announcement from the government could come any minute, or it might not come at all. Even if the government does announce that it believes it has found the students, it could take weeks before the independent Argentine forensics team working on the case can complete its DNA testing. That might be all the time that President Enrique Peña Nieto’s government will have to prepare for the widespread social tumult and condemnation that a confirmation of the students’ deaths is likely to provoke.
Every day, here in Mexico City and around the country, there are marches and other civic actions, most of them peaceful. On Wednesday, students from Instituto Politécnico Nacional, a large university in Mexico City, took control of toll booths on the highways leading into the city and allowed traffic to pass without paying. In Guerrero, protestors continue to burn government buildings. There will be a march in Mexico City on October 31st, coinciding with the Day of the Dead holidays, and a “mega march” is scheduled for November 5th, the day that Mexico’s universities and colleges are planning a national strike.
Many in Mexico have wondered why the missing forty-three have inspired such outrage in a country that has long since grown anesthetized to mass violence. This past June, twenty-two young people were massacred in a Mexico State warehouse by soldiers who claimed they’d been engaged in a long gun battle. The victims included a seventeen-year-old girl who was shot in the head. Her mother, when she recovered the body, said a soldier’s boot imprint was still visible on her daughter’s face. The case would have been covered up had it not been for human-rights groups and some early Associated Press wire-service reports bringing it to light. Even then, the Attorney General’s office didn’t agree to investigate the case until three more months had passed. Two weeks ago, in the city of Reynosa, a young physician and mother named María del Rosario Fuentes Rubio was kidnapped. She had been writing for the site Valor por Tamaulipas (where people post information and warnings about local narco activities) as an anonymous blogger, but narcos discovered her identity. Her murderers posted photos of her corpse on her Twitter account along with a tweeted message: “Close your accounts, don’t put your families at risk like I did, I ask your forgiveness.”
In the past, government authorities and many in the complicit media have relied on a worn playbook: stigmatize the victims, depict them as responsible for their own fates, or point out ways in which they were not “ordinary Mexicans.” Some have been trying to do the same with the missing forty-three, but the accusations and insinuations don’t resonate. Most of the students were still in their teens, in their first semester at the school, and came from impoverished communities that a majority of Mexicans can identify with; they can’t credibly be criminalized as “guerrillas” or “narcos.”
The outrage has brought a few promising results. The governor of Guerrero, Ángel Aguirre, finally stepped down last week after a month of angry demands for his resignation. And something about this particular crime makes it seem like something that has happened—is happening—before all of our eyes: the worst that can be done, to the most humble of people. Nearly everyone seems to feel a little responsible for it, if only for having voted for a Mexican politician in any recent election. The crisis of the forty-three missing students has exposed—in what is perhaps an unprecedentedly clear and dramatic way—the direct lines that connect the most corrupt local authorities to the most élite national politicians.
The now former mayor of Iguala, José Luis Abarca, and his wife, Maria de los Ángeles Pineda, who are accused by Federal authorities of having ordered the attack on the students, are currently on the run. The Mexican media, including the newspaper El Universal, have been reporting that Governor Aguirre and Maria de los Ángeles Pineda were lovers. The mayor’s wife, now known as Lady Iguala in the press and on social media, has two brothers who are thought to be leaders of the narco group Guerreros Unidos, which supplies a great deal of heroin to the United States. Lady Iguala was preparing to succeed her husband as mayor, and she was giving a big speech on the night that the missing students rolled into town. She allegedly used Guerreros Unidos money to keep local police on her private payroll. Governor Aguirre, according to newspaper accounts, used to send his nephew to Iguala to pick up money from his lover—so much money, and on such frequent visits, that the nephew became known locally as the Lord of the Suitcases, for the manner in which he took the money away.
On September 29th, shortly before he disappeared, Mayor Abarca met with Jesús Zambrano, a political godfather and one of the two national leaders of the Partido Revolucionario Democrático (PRD); the other is Jesús Ortega, who is known as Los Chuchos. The pair is credited with having led the party away from its traditional position of critical leftist opposition and moving it closer to the Partido Revolucionario Instítucional (PRI), Mexico’s governing party. Aguirre, though he’d once governed Guerrero for the PRI, was reëlected governor in 2011 in a last-minute political “marriage of convenience” with the PRD; he is a longtime PRI heavyweight and a friend of President Peña Nieto. Many other leading politicians have been connected to Aguirre or accused of having known what was going on in Iguala. According to widespread accounts, Peña Nieto’s government and his Attorney General’s office were informed, in 2013, of the problem of organized crime and political corruption in Iguala and in other parts of Guerrero but did nothing about it. In this way, the tragedy of the missing students has thrown a spotlight on Mexico’s decadent political culture and has brought up important questions about the country’s mainstream parties.
***
On Tuesday, as I do most mornings, I asked SinEmbargo’s director, my friend Alejandro Páez Varela, what was new that day. “We’re under attack!” he said. The site had become the target of a smear campaign mostly carried out on social networks. It has also received threats in person at its office doors, over the telephone, in e-mails, and in the digital forums on its own site. Most bizarrely, the Facebook page of a pop singer called Belinda, which has 7.5 million followers, was used to defame Páez Varela and other SinEmbargo journalists. (Belinda has said that her account was hacked.) An e-mail sent out last night by the site’s literary editor, Mónica Maristain, detailed the attacks: “We believe these episodes are part of the same institutional and social decomposition that the country is suffering from.” Officially, a hundred and two journalists have been murdered in Mexico since 2000. Of all the crimes committed against journalists in Mexico, ninety-eight per cent have gone unpunished. Between January and June of 2014, Maristain wrote, the group Article 19, which monitors press-freedom issues, has counted sixty-six physical attacks and twenty-eight threats against journalists in Mexico.
When I arrived at the SinEmbargo’s offices on Tuesday, Alejandro Páez showed me some of the posts that had been appearing on Belinda’s Facebook page, and some of the thousands of subsequent “bot” posts and tweets that echoed them. Many of the posts claimed that Páez was wanted by the city prosecutor’s office on rape charges. They were accompanied by photographs of Páez—some of which had been taken from the Internet, and others that were fake or doctored. One photo, which purported to show Páez being led away by police with a jacket pulled over his face, was included in a post claiming that he had been arrested at the SinEmbargo offices that very day. Páez also told me about some of the threats that had been delivered to their office in person by mysterious men who said they had come on behalf of a politician who was offended by photographs the site had posted. “Look around, it’s mostly young women working here,” exclaimed Páez, “and I feel responsible for their protection!” He told me that he was in the process of hiring security guards and having surveillance cameras installed.
Páez said that Peña Nieto had tailored his entire government to convince international and Mexican élites that his reforms—which are enacted by a corrupt Congress—have led to concrete advances for all Mexicans. Abroad, he has been applauded for his pantomime of a strong President; at home, he has shirked all the responsibilities of governance. The country seems out of control, said Páez, because the government doesn’t exert its lawful power. “Let’s face it,” he said, “You have to be a cabrón to govern this country.” In Guerrero, as in states and localities all over Mexico, organized crime, with the support of corrupted or helpless authorities, rules over Mexico.
The voids in Mexico’s government are all too obvious now. The country seems to be trembling at the edge of a terrible cataclysm or, for the hopeful, an inspiring transformation. “When a country has lost faith in all its institutions, it looks inward, or at itself in the mirror, in a search for solutions,” a prominent political reporter for a major daily newspaper told me recently. (He was fearful of repercussions should his name be used.) He thinks that is what is happening now. He points to the birth and growth of a large number of citizens’ groups (there has been increased participation in community self-defense groups, the student movement, and civic crusades against violence), and to the galvanized nationwide response to the tragedy of the missing students of Ayotzinapa Normal School.
The outcome of the national student strike will be revealing. How many universities, colleges, and institutes will stick with it, and for how long? Will it spread to other areas of society, to the high schools, for example, as the recent student strikes in Chile did, bringing about significant changes in that country? When masses of students boycott classes, it fills a country with an air of emergency and danger. The nation must ask itself what it will take to get them back into classrooms.
It’s also possible that the path to solving Mexico’s problems need not be so drastic. Flawed and abused as it has been, the country is still a democracy. It continues to have elections, which occur under the scrutiny of the international press (for whatever that’s worth) and election monitors. In 2000, Mexican voters finally put an end to seventy-one years of authoritarian and corrupt PRI rule, only to turn the government over to a rightist party, the National Action Party (PAN), which ended up, at the behest of the U.S., plunging the country into the narco war, the results of which we are all living with now. Mexicans now have another chance to politically reinvent their country. Now is the time for new leaders and even new parties to emerge from the civic movements and from outside the discredited political establishment. What many Mexicans have been telling me is this: It’s either now or never.

domingo, 2 de noviembre de 2014

Un país descompuesto

Un país descompuesto
México sufre la peor crisis social y política desde la Revolución. Se trata de un proceso de gradual descomposición nacional: el país, además, sufre el maltrato impune de sus clases dirigentes desde hace 50 años o más. Desde la liberalización económica de los noventa, el país no crece a un ritmo que empalme con índices de justicia social que mejoren la distribución de la riqueza entre sus ciudadanos y subsane las enormes desigualdades de un país con la mitad o más de su población pobre y en el que no acaba de cuajar la consolidación de una clase media robusta que junto al anterior sector coadyuve a que se reactive el mercado interno y se dinamice la economía. La clase alta, incluido el hombre más rico del mundo, ensombrecen a lado de millonarios filántropos, encabezados por Bill Gates, que han invertido en el curso de su vida más de mil millones de dólares a nivel global en proyectos educativos, sociales y de salud pública, incluida la lucha contra el ébola. En la lista de los diez mayores filántropos de Forbes no aparece ningún millonario mexicano. Su apoyo a causas mexicanas similares es proporcional al que prestan a nivel internacional.
Desde la reforma política de 1977, que se intentó paliar las consecuencias de la represión social de los sesenta y setenta, y de hacer efectivos los preceptos constitucionales de inclusión, incumplidos hasta entonces, ha sufrido modificaciones varias (creación de instituciones ad hoc, pero insuficientemente eficaces que absorben una fortuna del arca pública). En su conjunto, el sistema mexicano es un sistema desestructurado. Esto se debe, en mi opinión, al hecho de que la Constitución ha sido violada sistemáticamente por la clase política; a que las instituciones del Estado son bisoñas, antidemocráticas y sin proyecto estratégico, sistemáticamente disfuncionales, en muchos casos corruptas; a que las instituciones como el IFE, ahora INE, por más buenas intenciones que tengan, abandonan su compromiso con el interés público debido al secuestro de la clase política, en forma por demás inexplicable y antitética. Al día de hoy son incluso estas mismas instituciones, muy honrosas en su primer ciclo, las que provocan también una desconfianza social generalizada y peligrosa desde hace más una década. Se agrega la descomposición partidista. Los partidos políticos son entidades de interés público obligados a cumplir con éste por encima del particular. Lo han traicionado. Basta revisar los salarios de sus dirigentes, coordinadores de bancada y de comisiones del Legislativo, para entender la desproporción entre las profundas necesidades de la democracia mexicana y el incumplimiento despilfarrador, que a costa de la cuenta pública, se ejerce en contra de los mexicanos por esta voraz clase política. Ante esto, la subestimación estatal de la crisis social nos ha sumido en el averno y desgobierno. Y el peligro ya nos alcanzó. La sociedad mexicana vive con pavor, un estado de sitio irresuelto por la ineficacia estatal, por la traición partidista y por el hecho de que las múltiples células cancerosas del crimen organizado, que hoy ya vemos claramente coludido con los partidos, ha penetrado al Estado a grado tal que la descompostura de la República entera requiere de un verdadero overhaul; pasando por una profunda reflexión nacional que coadyuve al concurso del conjunto de las partes aún sanas del Estado y de los muchos sectores de la sociedad civil (SC) que sufren en carne propia el agravio de esta grave disfuncionalidad.
Ante el último y quizás el más bochornoso de los sucesos nacionales, el de Iguala, como casi ningún otro, demuestra que la descompostura mexicana nos puede estar llevando a las puertas mismas del infierno, con todas las implicaciones regresivas para el país. El empresariado europeo y la clase política de los países de la UE, ven con preocupación cómo se podrán reconciliar sus intereses en el país con la pasividad y cuasi parálisis estatal frente a la descomposición social que están poniendo en cuestión la viabilidad del sistema político mexicano y el futuro nacional. Si en México todavía pudiéramos reunir en un sólo ejercicio la rectitud y la lucidez, lejos de la demagogia y la imposición de los intereses particulares, se podría salvar esta trágica etapa que confronta México. Hoy más que nunca la participación de la sociedad civil será imprescindible para lograrlo; no obstante, estoy convencido de que es sólo el Estado el último responsable de poner en orden el caos. La tercera ley de Newton me motiva a plantearlo así, las partes del Estado están relacionadas una con la otra, como las partes del universo: eternamente vinculadas juntas a través de las acciones de algunos y las reacciones de otros. ¿Será que no hay nadie suficientemente lúcido al interior del aparto político que pueda pensar en forma constructiva nuestro futuro? Si de plano no pueden reorganizar el sano destino del país tendrán que irse irremediablemente. La República entera empieza a exigirlo.
*Investigador y profesor visitante en el Lateinamerika–Institut, de la Freie Universität Berlin

El rostro de una muerte muy trivial

La cara está considerada el más consumado signo de individualidad. Queremos entenderla, descifrarla, ver en ella las señales legibles de nuestra vida interior. Pero, ante un cadáver, queda claro que el ser humano es más que sus rasgos faciales.
Septiembre 2014 | Tags: 
De todos los objetos que podemos ver, ninguno ocupa una parte tan grande de nuestros pensamientos y emociones como esa pequeña parcela de la superficie anatómica –tan pequeña que una mano abierta puede cubrirla completamente– que llamamos “la cara”. Y es que en ella se encarnan, supremamente condensadas, la fuerza y la fragilidad enteras de la condición humana. Por eso existe en todos el deseo poderoso de comprender la muda elocuencia del rostro, descifrar su extraño y críptico simbolismo gestual. Y en aquellos de nosotros que, desde hace muchos años, nos dedicamos al estudio de la medicina, este deseo fue reforzado por el adoctrinamiento. Nuestros mentores insistían en que el escrutinio sistemático del rostro y la apariencia era esencial para practicar una medicina eficaz. Tal vez esto explique mi tendencia a escudriñar atentamente los rasgos faciales de la gente que conozco y hasta los de los extraños con los que me cruzo en la calle.
Así fue que me familiaricé con el aspecto de algunas de las personas con las que me encontraba en mi caminata diaria hacia el hospital donde trabajaba como patólogo. Por ejemplo, recuerdo a un hombre viejo que se hablaba a sí mismo en susurros y que caminaba sin rumbo; alguien habría podido pensar en una hoja otoñal, ora lanzada en línea recta, ora girando en una ráfaga caprichosa. La nariz que apuntaba al suelo, los labios hundidos, la barbilla saliente le daban un aire a los “grotescos” dibujados por Leonardo. Las abundantes arrugas que le cruzaban la frente eran caligrafía trazada por la mano del destino, en las que un experto renacentista en el ahora olvidado arte de la metoposcopia habría podido leer la crónica de una vida malograda, y el augurio fatal de una muerte sin esperanzas ni amigos.
Contrastaba con un joven petimetre, avispado y presumido, de cara atractiva, ovalada; de ojos grandes y vivaces, que disfrutaba del malentendido generalizado que afirma que “lo bello es bueno” y gozaba de las ventajas sociales que el malentendido le proporcionaba. Escasas líneas le marcaban el rostro, pero un lector de arrugas de la Antigüedad habría concluido que las pocas que había eran regidas por el planeta Venus, pues, aparentemente, la ambición más alta de este joven era convertirse en un lechuguino exquisito y asediar el corazón de la bella más cercana. Había, entre otros que recuerdo, una joven madre trabajadora, que llevaba una carga, para mí desconocida, sobre sus hombros. En la cara tenía ya las señales de la vejez prematura causada por las preocupaciones y clamores de una angustiosa vida familiar. Estas eran algunas de las personas que yo veía en mi camino al trabajo.
Un día, al dar la vuelta en la esquina, me di cuenta de que algo conmocionaba a la gente del otro lado de una pequeña plaza. También pude escuchar cómo un chico adolescente le decía a su amigo con un dejo de regocijo despiadado en la voz: “¡Apúrate y vamos a ver al borracho!”
En efecto, un hombre de mediana edad, al que no había visto antes, había colapsado y estaba en el suelo. Moreno, fornido, de cara ancha y cuello corto, sus rasgos diferían de aquellos que caracterizan a los individuos de ascendencia caucásica. Era el tipo de hombre que no llama la atención si se le mira en lo alto de un andamio, acomodando ladrillos en una construcción. El tipo de hombre del que uno desvía la mirada cuando irrumpe en nuestro campo visual, colgado de una cuerda lavando las ventanas de la oficina o el departamento. Un inmigrante, probablemente. Indocumentado, quizás.
¿Cuánto tiempo había pasado allí? Es difícil decirlo, pero conociendo el ritmo del tumulto fragoroso de este mundo, podría apostar que no fue un breve desmayo; además, aquellos que pasaban comentaban “¡Está borracho!”; muchos de ellos lo habían esquivado minuciosamente hasta que, por fin, un alma caritativa se había acercado y descubierto que la enfermedad, no la borrachera, había, primero, hecho tambalear y luego derribado aquella estructura humana.
Llegué a su lado al mismo tiempo que la ambulancia. El hombre estaba muy pálido, pero consciente, sentado con la espalda apoyada en la pared mientras alguien trataba de darle aire agitando una revista como si fuera un abanico. Lo que más me impresionó fue escucharle decir a quienes lo rodeaban, con una voz débil y trémula: “Perdón… discúlpenme... perdónenme.”
¡El hombre se disculpaba! ¿Por qué? ¿Por imponer el espectáculo de su desgracia en las vidas indiferentes de los otros? Lo que quería decir era lo siguiente: “Me da mucha vergüenza preocuparlos con mi miseria personal.” “Tengan la bondad de dispensarme si los he ofendido al recordarles aquello que prefieren ignorar.” En su día de adversidad, con la ropa raída y sucia de pintura y su vida entera manchada de todo a todo por el sudor de su frente; en un mundo lleno de angustia, esfuerzo y desencanto, este hombre consideró una falta de delicadeza aparecer en público con su cuerpo maltratado por el trabajo, atormentado por la enfermedad y la angustia. No parecía temer a la muerte: estaba avergonzado de ser visto, agonizando, entre hombres, mujeres y niños. No pude evitar sentirme profundamente conmovido por este ejemplo de cortesía sublime, esta respetuosa, atentísima consideración por los demás.
La ambulancia se lo llevó y ese día ya no pensé más en él. Pero de vez en cuando me deleitaba en el recuerdo de su conducta. Recordaba sus bruscas facciones e, impulsado por un capricho de la imaginación, superponía a su imagen los rostros de otros, sedimentados largamente en mi memoria. Sus facciones se derretían y volvían a formarse con distinta apariencia una y otra vez. Al final vi la cara de mi padre muerto, entrevista brevemente en el ataúd abierto cuando, en el velorio, un deudo oficioso me alzó por la cintura sin preguntarme, para que yo pudiera “dar la última mirada” al hombre que “me había traído al mundo”. Era su cara un rostro ceñudo que me ha intrigado desde entonces. ¿Ese ceño fruncido representaba el asombro? ¿Confusión? ¿Fatiga? ¿Simple dolor corporal? Johann Kaspar Lavater, el “Mesías de la fisonomía” del siglo XVIII, creía que la naturaleza interior del hombre se proyecta e ilumina el exterior de forma más potente en los momentos cruciales, como al final de la vida. Aconsejaba a sus estudiantes visitar los pabellones de los hospitales para mirar los rostros de los moribundos, pues creía que la correspondencia entre la disposición interna y la estructura externa era, en esos momentos, la más semejante y más idónea para validar sus teorías.
La falacia de la fisonomía como testimonio del carácter es evidente ahora; los postulados básicos de esas teorías han sido derribados y desacreditados. Pero la yuxtaposición de los rostros en mi imaginación me reveló que, de forma fundamental, todas las caras humanas son similares: los semblantes grotescos de Leonardo y los trazos angelicales de los personajes de Botticelli, el gesto contrito del enfermo que cae en medio de la calle y el rictus indescifrable de mi padre muerto, todos añaden a la misma cuenta. Pues como afirman las Sagradas Escrituras, en la que, probablemente, es su afirmación más severa: “Todos van al mismo lugar; todos han salido del mismo polvo, y al polvo vuelven todos” (Eclesiastés 3:20).
Ya había olvidado el incidente aquel de la calle, cuando una semana después se me encomendó la autopsia de un paciente que había muerto de infarto al miocardio. Imagine el lector mi sorpresa cuando me di cuenta de que el difunto era el mismo hombre que, días antes, había colapsado en la banqueta. Por un momento me quedé quieto, perplejo, contemplando el cuerpo inerte y sin vida. Entonces, preparé los instrumentos de disección y miré una vez más su cara. A lo largo de la vida, pensé, cada ser humano es divisible en dos partes: el ser externo, superficial, que podemos mirar desde fuera y un ser interior que habita el reino de la conciencia y es profundamente privado, conocido solamente por el individuo mismo. En este caso, el hombre interno ya no existía, pero ¡cuánto del externo quedaba aún! Pues es aquí, en la cara, donde nuestra identidad reside en su mayor parte; aquí se localiza el más alto signo de nuestra individualidad. Y, aun así, la cara oculta más de lo que revela: disimula y denuncia al mismo tiempo. Las toscas facciones del hombre que estaba a punto de diseccionar no declaraban los actos de generosidad y nobleza de alma de los que era capaz. El hombre es, pues, más que sus rasgos faciales; más, evidentemente, que una colección de órganos; es la suma de sus actos, su historia, sus anhelos, sus aspiraciones.
Después de haberme hecho estas reflexiones, tomé el escalpelo en mi mano. Y entonces, casi sin pensar, hice aquello que parece ser un acto universal y ritual entre los que diseccionamos cadáveres: cubrí el rostro del sujeto con una toalla. Solo entonces me dispuse a ejecutar lo que un escritor llamó con ironía “el último corte”, pero que para los de mi oficio es, realmente, el primero. ~

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Traducción de Verónica Murguía.Publicado originalmente en Hektoen International.