domingo, 2 de noviembre de 2014

Canta dinero a la diosa

Aunque la riqueza puede evidenciar el esfuerzo honesto y la virtud, a menudo se la relaciona con la corrupción, la avaricia y la depredación. Este ensayo se adentra en sus resonancias simbólicas –de la Antigüedad a Jane Austen– para explicar la omnipotencia que parece tener en nuestros días.
Septiembre 2014 | Tags: 
Ocho breves ensayos componen Fragments (somewhat charred) de George Steiner. Cada texto incluye un aforismo atribuido a un filósofo griego imaginario, y su interpretación. Publicamos el quinto ensayo, precedido por estas palabras de Steiner: “Estos fragmentos aforísticos aparecieron en uno de los pergaminos quemados hallados hace poco en lo que al parecer fue la biblioteca privada de una villa en Herculano. La evidencia lingüística y su tenor de discusión indican que proviene del siglo ii a. C. Algunos académicos han sugerido a Epicarnio de Agra como su autor. Pero casi nada se sabe de este moralista y orador elocuente (si es que eso fue). Por otra parte, la condición del papiro hace que en varias partes la tarea de descifrarlo sea pura conjetura.”
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Las convenciones de los amanuenses no se extendían al uso de comillas, en otras palabras, a escribir “dinero”. Es más, en este punto, nuestro pergamino ha sufrido daños. Descifrarlo constituye un problema. ¿Le falta algún fragmento a esta enigmática exhortación? ¿A qué divinidad se refiere? ¿La lectura del imperativo “canta” es del todo confiable? Asumiendo que nuestro texto sigue vigente, su paráfrasis admitiría dos versiones: “canta dinero a la diosa” o “celebra el dinero en presencia de la Divina Dama cuando le hagas alguna petición”. Ninguna de las dos resulta del todo clara o convincente.
Hace poco los eruditos comenzaron a descifrar las complejas interconexiones que existen entre el establecimiento del sistema monetario, las reglas de parentesco y la semiótica del simbolismo en el antiguo Medio Oriente, en las culturas minoica y lidia, y en el preclásico jónico. La de Plutón sigue siendo una presencia ambigua porque a este patrono de la riqueza se le confunde siempre –incluso Dante se equivocó– con Plutón, soberano de los infiernos. De ahí el incierto uso que se da a la palabra “plutocracia”. En algunos mitos Plutón es ciego para que la distribución de la riqueza sea equitativa y gratuita. Así aparece en la comedia epónima de Aristófanes. Lo encontramos en el Fausto de Goethe y en Baudelaire. Hijo de Deméter, quizás al principio representó la abundancia de las cosechas. “Mammón” significa “tesoro oculto”. El nombre recalca la forma en que Lucas fustiga la avaricia y el amor por la riqueza. En El paraíso perdido de Milton, Mammón tiene un arranque de siniestra energía cuando explota las riquezas minerales del Infierno. Extrae oro y joyas de las mismísimas entrañas del abismo. Pero, hasta donde sé, hay un único rastro de la controvertida existencia de una diosa del dinero: se trata de la inscripción votiva, parcialmente legible, hallada entre las ruinas de un santuario menor, al parecer local, en lo que hoy es el sur de Albania.
El mandamiento (?) de Epicarnio sigue siendo un enigma.
La sola noción de riqueza está saturada de ambigüedades. El aspecto económico de la santidad es el mismo que el del mendigo. Los camellos entran al cielo donde se vence a los ricos. El lucro resulta siempre “indecente”. Mucho antes que Freud, Swift certificó las afinidades entre dinero y excremento. El avaro es una criatura a la vez repugnante e irrisoria que aúlla por la pérdida o el hurto de su cofrecillo de dinero (véase Molière). A Midas se le maldice por su avidez. La Dama de la Pobreza es quien complace a Dios. Pero las teologías, el ascetismo religioso o los votos monásticos no son lo único que anatematiza la riqueza. La ética de los estoicos, de Diógenes, el radical estilo bucólico de Rousseau también lo hacen. Ningún filósofo que se precie de serlo debería tener riquezas; Wittgenstein regaló su herencia. El verdadero poeta, el artista, los radicales del pensamiento, el Spinoza que pule sus lentes, tienen la intención de desdeñar los beneficios materiales. Los sofistas traicionan la verdadera filosofía al aceptar dinero por enseñar. Cuando está basado en intereses financieros, el matrimonio está en el límite de la prostitución. En los misterios de la Edad Media, en las máscaras y en las alegorías del barroco, en las novelas de Balzac, en los cuentos de Dickens, el dinero, la especulación económica, la avaricia adquieren un aspecto demoníaco o espectral. De manera generalizada ese escondrijo de monedas, ese puñado de dólares, incitan al asesinato. Las analogías entre la violación y el desgarramiento de la tierra para despojarla de sus tesoros son tan antiguas como la sátira romana. Cada una de estas resonancias simbólicas y de estos entramados se expresan claramente en Timón de Atenas(de entre las obras de Shakespeare, la favorita de Marx). Aquí la riqueza y la locura que produce el dinero vicia la existencia bajo un sol que se “genera”, se abastece y se corrompe por la riqueza y la locura que produce el dinero. A los contrabandistas se les vierte oro fundido por la garganta. Al judío se le vincula con la impuesta usura asesina, la moneda de Judas, el indicio de alguna intimidad particular con la acumulación y el goce del dinero en efectivo. Este es el estandarte amarillo-dorado de su tribu en los pogromos medievales, en Shylock, en el escarnio, la expropiación y el asesinato en masa de los nazis. Muy al contrario de lo que dice el refrán latino, el dinero sí despide un olor. Casi siempre, a muerte.
Del otro lado de la balanza la riqueza evidencia virtud, esfuerzo honesto. Sazonada con caridad, la riqueza que se emplea sin ostentar es, sobre todo en las sociedades protestantes y abiertas, el índice mismo del reconocimiento, incluso si es un mérito sancionado por la divinidad. La multiplicación de valores financieros mediante el trabajo honesto y la habilidad para invertir es prácticamente obligatoria. La riqueza no debe envidiarse ni condenarse. Es algo que se lucha por alcanzar en la escalera sin fin de la democracia y la libre empresa. La transmisión de ganancias, de los ahorros de una generación a otra, es el legítimo fin de la crianza de los padres. ¿La propiedad acaso no es sagrada? En las comedias y la literatura clásicas, los finales felices –tan sutilmente incisivos en Jane Austen– son fiscales. La libreta de ahorros subscribe lo erótico. El amor ha entrado a la casa del bienestar. El rentista vive feliz para siempre. Alguna vez personificación de los misterios de lo imprevisible, ingobernable animadora de la “rueda de la fortuna”, Fortunase ha convertido en “fortuna”, en el sentido del contador y del banquero. La ruina financiera, la deshonra y el suicido del especulador en bancarrota son insensibles recordatorios del pecado original.
En el capitalismo tardío –resulta más gráfico decircapitalisme sauvage– el dinero es todopoderoso. Es, propiamente, el “Todopoderoso”. “Soy el primer hombre en la historia de la humanidad cuyos empleados son multimillonarios”, afirmó el director de Microsoft. En efecto, los multimillonarios se vuelven cada vez más comunes entre los jefes del hampa de la Rusia poscomunista, los magnates del petróleo del Medio Oriente, los malabaristas de fondos de inversión y los banqueros planetarios. Pero también entre los patrones de la pornografía infantil o los capos de la droga en América Central y en Malasia. ¿Qué son mil millones para los emporios de Dubái, los casinos de Macao, o las arenas de placer en las islas privadas del Caribe? ¿Qué son mil millones para quienes dilapidan treinta millones de libras en una boda o cien millones de dólares en una pintura? ¿Para quienes adquieren una botella de vino de Burdeos que cuesta mil euros? Cuando una empresa fracasa, miles de personas quedan en el desempleo o endeudadas; sus directivos huyen llevándose millones en bonos y en fulgurantes apretones de mano. Y, sin embargo, a ninguno de estos rufianes se les escupe, ¡ya no digamos se les fusila!
Quizá –los estudios sistemáticos del dinero no anteceden al siglo XVI italiano– la infección de cada una de las células, del cuerpo privado tanto como del cuerpo político por aquello que se llama el “nexo con el efectivo”, constituya un nuevo desarrollo. Ese virus mutante ahora gobierna casi toda de nuestras vidas. Time is money, dice el refrán norteamericano. También es dinero el espacio psíquico porque se ha convertido en una tierra baldía debido a la decadencia de las religiones conocidas. Los pobres venden sus órganos vitales a los ricos. Una infinidad de niños es víctima del lucrativo tráfico sexual. Las mentes más elevadas danzan como animales de circo cuando los medios agitan el dinero que se les va a pagar. La corrupción es el aliento de la política, del mercado. ¿Acaso existe algo que no esté en venta? El embate por obtener ganancias depreda lo que resta de nuestros bosques, devasta los océanos, contamina el aire. En el capitalismo urbano de la megalópolis, pero también en la miseria de las barriadas, el alarido del dinero nunca ha sido tan descarado como ahora. Raquíticos niños escudriñan la basura tóxica en busca de desechos que se puedan vender; conglomerados multinacionales explotan el mar abierto en busca de petróleo y de metales preciosos; las cosechas se valoran cuando son lucrativas y su fruto es el “dinero”. Los encantos fiscales del contrato prenupcial toman las riendas de la noche de bodas. Los anuncios de pantimedias interrumpen los documentales sobre Auschwitz que se pasan en la televisión. Hasta ahora solo la muerte ha logrado evadir el soborno.
¿El soborno podría ser la pista para el ruego de Epicarnio? ¿A la diosa sin nombre se le debe aplacar y seducir con dinero? Esta propuesta resulta mucho más cercana de lo que nos gustaría admitir. Nuestras plegarias, rituales litúrgicos, santuarios, templos, las abadías que erigimos y dotamos con tanta opulencia son peticiones para obtener un favor divino. Los ministros que salpican el paisaje cristiano –muchas veces a corta distancia unos de otros–, la ostentación de los benefactores eclesiásticos, los diezmos que recogen sacerdotes y rabinos, ¿qué son sino intentos por comprar la benevolencia de los dioses, la protección mafiosa de lo sobrenatural? ¿Qué son sino intentos por canjear tesoros esenciales por dividendos trascendentes? Vender indulgencias al pecador causó escándalo. Y sin embargo: ¿cuál si no es la función de los exvotos penitentes: animales, mazorcas, la fruta de la primera cosecha, monedas en el arca de los diezmos?
La canción del dinero que entonó el aforista de Agra se vuelve desvergonzada y ensordecedora en las letras del rap. Puede estar enmudecida pero no es menos audible en los himnos de la iglesia. Somos “señores de la danza”, pero bailamos en torno al becerro de oro, tal y como aquellos lejanos intermediarios de la salvación. ~

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Traducción de Laura Emilia Pacheco.
© 2012, George Steiner.

Jorge Moch
tumbaburros@yahoo.com
Twitter: @JorgeMoch
Cuarenta y tres carteles y un país crispado
Hace exactamente una semana, el domingo pasado, recibí un mensaje directo de Twitter en el que una amiga me invitaba a echar un vistazo a una iniciativa, no sé bien de quién pero plausible, que consistía en subir a un canal de Twitter una ilustración que “adoptara” a uno de los cuarenta y tres normalistas desaparecidos de Ayotzinapa. Era poco para un ilustrador, en realidad, hacer un cartel así, y lo hice. Allí, en un rincón de internet, se puede ver la interpretación gráfica y voluntaria que hicimos muchas personas, una suerte de homenaje que es al mismo tiempo un tipo de protesta. Por el caso Ayotzinapa mismo, pero también por las decenas de miles de desaparecidos que van sumando todos los días a una lista siniestra, imposible de digerir, ni de entender (los carteles).
Basta encender la televisión y sintonizar, por ejemplo, Canal Once, para ver en prácticamente todos los cortes comerciales por una parte un aviso de alerta Amber de la desaparición de alguien, casi siempre un niño o una jovencita, y por otra un anuncio de la propaganda oficial en el que el gobierno, gastando carretadas de dinero público, pretende lavarse la cara y maquillar la trágica realidad que nos ha tocado vivir en los últimos ocho o diez años: lo peor que le han podido pasar a este país han sido los sucesivos, nefastos sexenios de Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto; dos caras sucias de la misma derecha obcecada en darle la espalda a la gente pero entreguista con empresas trasnacionales y sumisa con los dictados del sistema financiero internacional.
Pero decir derecha es desde luego decir también gente. Gente con la que vastos sectores, no sé si tan numerosos como los que forman filas allí, estamos en desacuerdo. Gente que alimenta odios de clase y odios específicos, también, contra los que lideran movimientos sociales, desde López Obrador hasta los que llaman con tirria “ayotzinapos”. Cuando leí por ahí las declaraciones de alguien en Guerrero, quizá del mismo exalcalde prófugo José Luis Abarca, de que no iba a permitir que los “ayotzinapos” le fueran a complicar la vida, o algo así, me acordé de los coletos de Chiapas cuando en 1994 surgió el EZLN y esa pequeñoburguesía criolla de Tuxtla Gutiérrez hablaba de “indios levantiscos” y “comunistas” a los que, como en Guerrero veinte años después, los poderes fácticos locales prometían detener en seco. Luego vendría Acteal. Lo mismo hoy, de un bando y del otro: el rencor nacido de viejas demandas sociales, de la deuda histórica con los menos favorecidos y la sordera, la arrogancia, la violencia como respuesta del lado del poder, el dinero, el orden y el respeto donde encuentran acomodo políticos, empresarios, la mayor parte de los clérigos de todas las Iglesias y las fuerzas armadas, las policías y hasta los sicarios de los grupos criminales –muchas veces vinculados estrechamente y no necesariamente en secreto con esos poderes fácticos recién mencionados– que terminan invariablemente siendo los peones sucios de un ajedrez macabro. Donde nunca pierde el rey. O casi nunca.
Ese mismo día en que fui invitado a aportar un cartelito, hubo un mitin multitudinario en el Zócalo, convocado por la que parece quedar ya como la única verdadera oposición política a los proyectos neoliberales que están arrasando al país, desde el campo hasta la educación, desde los derechos laborales hasta los humanos; decenas de miles de personas vociferaron enojadas una misma exigencia: que se vaya Enrique Peña.
Del otro lado, en la anonimia de las redes sociales, no se ha hecho esperar la socarronería y las burlas de quienes –increíblemente– apoyan al régimen y defienden a un hombrecito indefendible no por quien es, sino por lo que representa en este sistema de castas y privilegios en los que cada quien va buscando su propio nicho de confort. Acarreados, dicen, como si la plancha del Zócalo se pudiera llenar igual a convocatoria –sin torta y sin propina– del PRI, del PAN o de cualquier estamento de gobierno. Y mientras tanto, en este capítulo que no acaba de horrenda Historia, muchos no sabemos si vivir aterrados, escondidos, temerosos de espías y “orejas”, o si atender esos llamados a las autodefensas que se empiezan a multiplicar y que son de hecho velados llamados a la insurgencia armada y entonces, por fin, el caos será absoluto mientras todo lo mire Enrique Peña desde inalcanzables alturas en su avión nuevo y lujoso, rodeado de su primer círculo. Que un día deberá aterrizar.
La Suprema Corte de Justicia no sabe de economía
Arturo Huerta González*
L
a mayoría de los ministros declaró inconstitucional la consulta pública sobre la pregunta de ¿Estás de acuerdo o no en que se otorguen contratos o concesiones a particulares nacionales o extranjeros para la exploración de petróleo, gas, refinación, petroquímica e industria energética?, por considerar que se trata de la eventual afectación de los ingresos del Estado. Parten del supuesto gubernamental de que la reforma energética aprobada por el Congreso aumentará el ingreso del Estado. Su decisión, es política, no es apego a la Constitución. Defienden la postura gubernamental de que dicha medida mejorará las finanzas públicas y que derogarla afectaría los ingresos del Estado. Bajo el mismo razonamiento avalarán como válido si el Congreso aprueba la venta de Baja California, porque ello mejoraría las finanzas del Estado, y llevar a consulta dicha decisión, y derogarla afectaría los ingresos del Estado.
La reforma energética aprobada no mejorará los ingresos del Estado, sino por el contrario, los reducirá, ya que compartirá la renta petrolera con los inversionistas privados que participen en dicha industria. Para que aumenten el ingreso del Estado tendrán que incrementarse las exportaciones petroleras en gran magnitud, lo que implicaría el agotamiento de las reservas petroleras en corto tiempo. La Suprema Corte de Justicia, con su decisión, avala el proceso de privatización y extranjerización de la economía y el agotamiento expedito de nuestras reservas petroleras, como medida para mejorar los ingresos del Estado, como si ello se tradujera en mayor bienestar de la población.
Tal reforma viene a reducir más el tamaño y participación del Estado en la economía, como su capacidad para satisfacer las demandas nacionales. Los supuestos mayores ingresos esperados serán para hacer frente al pago del servicio de la deuda pública, que se ha incrementado significativamente, y no para impulsar el crecimiento.
No se puede transferir un recurso estratégico no renovable al sector privado nacional y extranjero, por más ingreso que pueda significar al Estado, ya que ello terminará por debilitar al propio Estado y por subordinarlo más a los intereses del gran capital nacional e internacional, a costa de seguir sacrificando y marginando las demandas nacionales, y de acentuar la inequidad de la distribución de la riqueza y del ingreso en el país, política que avala la Suprema Corte de Justicia con sus decisiones.
Si a la Suprema Corte de Justicia le preocupan los ingresos del Estado, ¿por qué no declaró inconstitucional las modificaciones constitucionales que le dieron autonomía al banco central?, ya que ello le quitó el monopolio del dinero al gobierno, y por lo tanto su fuente de financiamiento, obligándolo a trabajar con austeridad fiscal, o tener que recurrir al endeudamiento en caso de caer en déficit fiscal. De igual forma, tampoco la Suprema Corte de Justicia declaró inconstitucional las reformas que llevaron a la privatización de Telmex, ni de la minería, ni de la banca, que han originado que el Estado dejara de percibir los grandes ingresos que se derivan de tales sectores, ingresos que ahora los usufructúan aquellos hombres que han pasado a ser los más ricos del país.
La Suprema Corte de Justicia jamás cuestionó, ni cuestionará dichas medidas, debido a que se subordina a las directrices de los gobiernos en turno, y no respeta, ni hace respetar la Constitución, como debería ser su tarea.
Los ministros de la Suprema Corte de Justicia, por la importante tarea que les corresponde, deberían estar mejor capacitados para la toma de sus decisiones, si en realidad cumplen la función que les corresponde, pues si responden a los intereses del gobierno en turno, de nada sirve mejorar su formación profesional. Si en realidad fueran serios con su profesión deberían conocer de economía, además de las leyes, además de la Constitución, y no justificar sin razón los cambios constitucionales que se han venido dando en los últimos años, que violentan los postulados presentes de los constitucionalistas de 1917.
El proyecto de país se ha venido desdibujando y con ello deteriorando las condiciones de vida y bienestar de las grandes mayorías del país, y debilitando el propio Estado, que se subordina más y más a los intereses del gran capital, como lo hace a su vez el Congreso de la República, y la Suprema Corte de Justicia.
Qué futuro le espera al país donde los tres poderes no tienen proyecto de Nación. La población más temprano que tarde rescatará su memoria histórica y mandará al basurero de la historia a aquellos que han traicionado los principios nacionales por los que murieron aquellos que nos dieron patria.
*Profesor en la División de Estudios de Po grado de la Facultad de Economía de la UNAM
Morder el anzuelo
Jorge Eduardo Navarrete
S
i se quisiera encontrar una expresión de comprensión fácil y generalizada para describir la actuación de los ministros de la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN), en su reunión plenaria del pasado 30 de octubre habría que elegir esta: ese día, en dos ocasiones consecutivas, una amplia mayoría de los 10 magistrados presentes mordieron el anzuelo. Como se sabe, la SCJN decidió, por amplia mayoría, considerar inconstitucional la materia de las dos peticiones de consulta popular sobre la reforma a la Constitución del 20 de diciembre de 2013. Éstas fueron planteadas por dos grupos de ciudadanos cuyo número, avalado por el Instituto Nacional Electoral (INE), excedió con amplitud en cada caso el mínimo constitucionalmente requerido. Al decidir la inconstitucionalidad, nueve de los 10 ministros presentes tragaron por completo el anzuelo cebado al efecto en algún momento del otoño de 2013.
Mientras entre agosto y diciembre de ese año se procesaban las iniciativas de reforma, los legisladores afines y sus asesores del gobierno federal y de las empresas privadas interesadas en la oportunidad de negocio que la reforma les abriría, prepararon la carnada a colocar en el anzuelo. Éstos –anzuelo y carnada– resultaban necesarios, dado que el 9 de agosto de 2012 se había adicionado la fracción VIII del artículo 35 constitucional, que establece el derecho ciudadano de consulta popular.
Alrededor del debate de las dos iniciativas de reforma constitucional sobre energía –la del Ejecutivo federal y la del PAN– se había evocado la necesidad de someter el tema a consulta popular. Antes, de preferencia, de su consideración formal por el Congreso, pues las iniciativas eran ajenas por completo al mandato emanado de la elección presidencial de 2012. En la campaña electoral ningún candidato había propuesto tal reforma. Por el contrario, habían negado, con diversos grados de énfasis, proponerse enmendar la Constitución en materia petrolera. Una reforma que altera las bases mismas del Estado mexicano –al estrechar la esfera de lo público y ampliar correlativamente la de lo privado– debía, en términos de legitimidad política, provenir de un mandato explícito de los ciudadanos. Dado que el proceso legislativo ya se había iniciado, podría considerarse una consulta después de la aprobación, para revertir una reforma lesiva al interés nacional, adoptada con deliberada premura y claro descuido del procedimiento legislativo regular: una reforma ilegítima.
Cómo evitar que la reforma sea llevada a consulta, se preguntaron legisladores, funcionarios y empresarios. Primero ensayaron la vía de los obstáculos directos: exigir que el respaldo mínimo se manifestase no sólo a escala nacional, sino en por lo menos 17 entidades federativas, y complicar al máximo el procedimiento establecido en la ley reglamentaria. La primera de estas ideas se abandonó. La segunda quedó establecida en lo que en realidad es una ley inhibitoria, más que reglamentaria, de la consulta popular. Las dos solicitudes de consulta sobre la reforma energética sortearon todos los obstáculos y llegaron a la SJCN.
En el supuesto de que los valladares formales no fueran suficientes, se buscó forzar la aplicación de una exclusión constitucional. Cómo conseguir que la reforma energética correspondiera a una de las seis materias que no pueden ser objeto de consulta popular. Al responder a esta cuestión, legisladores, funcionarios y empresarios descubrieron la carnada perfecta para cebar el anzuelo: caracterizarla como asunto que afecta los ingresos del Estado. Para ello agregaron la expresión ingresos del Estadocuantas veces les fue posible tanto en el texto propuesto para la reforma constitucional como en los correspondientes a las leyes reglamentarias. Recuérdese que esa alusión a los ingresos del Estado no está contenida en las dos iniciativas originales: ni en la de Peña Nieto ni en la de Acción Nacional.
De esta suerte, como carnada perfecta, se incluyó en el artículo 27 constitucional la noción de que el propósito u objetivo central, casi único de la actividad petrolera, es obtener ingresos para el Estado. No importó que el objetivo de obtener ingresos corresponda, en una economía de mercado, a todas las actividades económicas; no importó que, al abrir la exploración y la explotación petroleras a los particulares, se atente contra la captura por el Estado de la renta petrolera. Lo que importaba erablindar –como dirían esos legisladores, funcionarios y empresarios– a la reforma petrolera ante la consulta popular.
Es conveniente leer la transcripción taquigráfica de la sesión plenaria de la Corte del 30 de octubre para comprobar la forma en que la mayoría de los ministros mordieron el anzuelo y tragaron la carnada, que parece haber resultado deliciosa, para nueve de 10.
Dijo la ministra ponente que la finalidad primordial de la reforma energética fue establecer un sistema de contrataciones, asignaciones en las áreas eléctrica, petrolera y de hidrocarburos [sic] con la finalidad toral de la obtención de ingresos que contribuyan al desarrollo de largo plazo de la nación, y de ahí que, indudablemente, su relación es directa con el concepto de ingresos del Estado, respecto del cual no es posible que tenga verificativo una consulta popular. Que nos quede claro, lafinalidad toral de la reforma no fue propiciar el desarrollo de la industria, no fue modernizar el sector energético, no fue impulsar el desarrollo de muy diversas ramas industriales, no fue garantizar la seguridad energética de la nación. Fue, simplemente, una finalidad recaudatoria, como si de la obtención de ingresos para el Estado dependiera realmente el desarrollo de largo plazo de la nación.
Además la ministra ponente propuso “concluir que los términos ingresos y gastos […] deben ser entendidos en su acepción más amplia, es decir, que cuando se inste este mecanismo participativo respecto de algún tópico [relacionado con] la obtención del ingreso, sea de forma directa, indirecta, mediata o inmediata, como puede ser su obtención, origen, destino, aplicación, administración o distribución de los ingresos y gastos del Estado mexicano, no habrá lugar a realizar la consulta […]”.
Los ministros habrían rechazado el anzuelo y la carnada de haber comprendido algo muy sencillo: en cualquier economía monetizada, que haya superado el estadio del trueque, toda actividad económica repercute en los ingresos y gastos de una diversidad de agentes económicos y, directamente o por la vía impositiva, en los ingresos del gobierno. Aplicada con la liberalidad que la ministro ponente propuso y la mayoría de sus colegas aceptó, la sola excepción de las materias que incidan en los ingresos y gastos del Estado impedirá someter a consulta popular prácticamente cualquier tema concebible.
Lápida: Consulta popular / 9 Ago 2012 / 30 Oct 2014.

sábado, 1 de noviembre de 2014

La fractura nacional
Enrique Calderón Alzati
O
bservando el miércoles por la noche la videoconferencia transmitida por La Jornada,con los padres y familiares de los normalistas de Ayotzinapa, luego de su reunión con el Presidente, apareció ante mí la imagen de la gran fractura nacional que sufre hoy nuestro país, la República Mexicana, surgida a la luz pública como resultado de la tragedia causada por supuestos elementos identificados como servidores públicos.
Es la visión que toma fuerza ante la actitud de los padres y acompañantes, que de manera natural representan a la sociedad mexicana, que ha retirado su confianza a todas las instancias de gobierno, representadas por un solo ícono en la figura del Presidente de la República, visiblemente incapaz ya de poder garantizar la seguridad y la vigencia de la ley, pero que es también, él mismo, símbolo e imagen de la clase política mexicana, caracterizada por su desdén y desprecio al pueblo y a la sociedad que gobierna y representa, la cual puede ser tratada unas veces como daños colaterales, otras, como grupos delictivos potenciales, y a veces como mercancía comprable que puede ser envilecida con monederos electrónicos, como posible recurso para ganar elecciones que sabe perdidas, luego de sus respuestas insolentes a la prole juvenil que le rechaza.
Se trata, así, de una fractura entre el pueblo y el sistema, es decir, los grupos de interés que desdeñando los derechos de las mayorías han usado todos los recursos a su alcance para apoderarse del control de la República, pretendiendo que la sociedad olvide las fracturas anteriores que se dieron cuando sus antecesores le ofrecieron el trono de México a un príncipe europeo; o de aquella surgida a la luz en 1910, desde la oscuridad de la prisión de San Luis Potosí, como tajante rechazo a la descomposición del gobierno, fracturas que como la de ahora, se fueron gestando en el tiempo, a partir de engaños, de abusos de poder y de violencia contra el pueblo cansado de ser explotado y lanzado a la miseria.
Es la fractura de dos visiones de futuro: una, la del pueblo que busca zafarse del yugo de sus explotadores, para buscar mejores horizontes; que cree en la solidaridad, en el bienestar común y en la justicia aplicada con igualdad, y que además tiene miedo de la violencia de los poderosos, pero que finalmente cansado de promesas y engaños llega a comprender la magnitud de su fuerza y del valor de sus razones y se decide a hacer uso de ellas, como sucedió en la reunión de Los Pinos.
La otra es la visión milenaria y arrogante de los que sintiéndose poderosos se niegan a atender reclamos que no provengan del extranjero, pero que en su escasa preparación y conocimientos de la historia y de las hazañas del hombre se sienten también inferiores y pertenecientes a una etnia dominada e ignorante, incapaz de manejar su propio destino, y que por ello requieren que vengan otros seres de culturas superiores a enseñarnos y a dirigirnos en la conducción del destino nacional, sin reparar en la importancia de nuestra soberanía, llegando así a la contradicción de sentirse amos de México y a la vez lacayos de grupos extranjeros que deben venir a decirnos los qué y los cómo, sin importar cuáles sean sus propios objetivos, que desde luego serán siempre de despojo y depredación, lo que ellos llamanganancias y califican de lícitas.
Pienso entonces en otras fracturas más pequeñas, pero también visibles, que son parte y consecuencia de ésta, formadas por todo un espectro de pequeños grupos de la sociedad agraviada, que van desde los que ven sólo la posibilidad última de destruirlo todo, o en el otro extremo, de aceptarlo todo como destino inexorable; destacando entre ellos quienes en forma pausada y reflexiva se deciden a enfrentar la situación en busca de un cambio posible que implica riesgos y fracasos, pero que con acciones firmes y ejemplares logran rescatar sus sueños.
Del otro lado de la fractura, es también clara la existencia de grupos e individuos que con sus acciones buscan complacer a quienes mantienen el poder. Entre estos grupos podemos identificar a los policías homicidas, que en su intención de satisfacer a los caciques asesinos de Guerrero, son capaces de disparar sus armas y de masacrar, torturar o desaparecer a quienes identifican como indeseables y problemáticos para sus amos, pensando que éstos los premiarán por sus hazañas, tal como en su momento las autoridades electorales determinaron que las elecciones habían sido inobjetables, para dar el triunfo a Peña Nieto.
Las afirmaciones de los padres de familia y maestros de Ayotzinapa, dando a conocer que las amenazas y agresiones a estudiantes y maestros de la escuela provenían por igual de los gobiernos municipal, estatal y federal, complementados con las declaracione del padre de familia que, con su hijo herido, recibe la frase de un mando del Ejército: Ustedes se la buscaron, cabrones, no dejan lugar a dudas sobre la responsabilidad del gobierno federal en la tragedia. El hecho de que el Presidente de la República tardara un mes en recibir a los padres de familia, así como sus declaraciones de que él ha contestado su pliego petitorio, luego de la infructuosa reunión en Los Pinos, sólo confirma su desdén por el pueblo y su incapacidad de entender el tamaño del problema que tiene enfrente.
En este escenario no podemos ver como un hecho aislado la resolución de la Suprema Corte de Justicia de eliminar como improcedente la consulta solicitada por dos partidos políticos y apoyada por millones de firmas de ciudadanos y ciudadanas, que han preferido seguir el camino constitucional para impedir que se modifiquen tres artículos de la Constitución en forma arbitraria y lesiva para el futuro de la nación; la conducta de los magistrados de justicia coincide con la de los policías agresores de los normalistas, sus objetivos son los mismos, agradar a sus amos, sin entender que lo que han hecho no ha sido otra cosa que magnificar la actual fractura nacional.
La tragedia de Ayotzinapa nos indica el camino a seguir para eliminar esta fractura, la oposición pacífica a un gobierno terrorista y dispuesto a transgredir la ley con acciones y omisiones, ignorando sus responsabilidades y mandatos. La realización de la consulta por cuenta propia, para señalarle al mundo cuál es la voluntad y el sentir del pueblo de México, es el mejor reconocimiento a sus profesores y estudiantes, que hoy nos han enseñado con claridad lo que podemos y debemos hacer para poner en su lugar a los gobernantes y políticos, que tan claros han sido en su desprecio por el pueblo de México.
Las cuatro plagas de México
Arturo Alcalde Justiniani
A
yotzinapa es un eslabón más de una larga cadena de hechos que tienen sumido en la tragedia y la desgracia al país. No podemos limitar nuestra indignación contra un grupo de desalmados delincuentes o de unos gobernantes amafiados con el crimen organizado. Estos dolorosos acontecimientos se vinculan con los que día a día surgen en otras regiones del país, involucrando a campesinos, indígenas, migrantes, jóvenes, mujeres y población del campo y la ciudad. Sólo con un cambio urgente en políticas e instituciones se podrá orientar el país hacia otro rumbo.
En los múltiples diagnósticos y análisis que se hacen respecto de la situación de violencia e inseguridad que priva en México, aparecen como común denominador cuatro factores, que se retroalimentan y explican en buena medida la situación que vivimos: la pobreza, la corrupción, la impunidad y la opacidad. ¡Cuatro plagas!
La pobreza, producto de la enorme desigualdad arraigada en nuestra nación, es sin duda la madre de todos los males, pues genera indefensión, destrucción del orden normativo y del tejido social; en esta condición, es imposible que progresen las políticas sociales, ambientales, o que mejore sensiblemente la calidad educativa. El punto es que la pobreza en la que se encuentra la mayor parte de la población no deviene de que la gente no quiera trabajar o que los jóvenes se resistan a acudir a las escuelas, tampoco que nuestro país sea inviable por su condición geográfica, menos aún que se trate de un hecho natural. La causa está en un modelo de concentración del poder económico y político por parte de un sector que defiende a capa y espada sus privilegios y que influye en las políticas gubernamentales para conservarlos. Esto se puede observar en ejemplos recientes: a sabiendas de la gran importancia que tienen la radio y la televisión para la educación, la cultura y la comunicación, y existiendo la posibilidad de asignar su explotación a sectores de la sociedad y a comunidades marginadas, se optó por rematarlas al mejor postor, lo cual favorece la concentración e incrementa los efectos perniciosos de los medios de comunicación que actualmente padecemos.
En el tema del salario mínimo, habiéndose hecho la presentación en las cámaras legislativas de la iniciativa de ley para desvincularlo de otros factores que lo condicionan, lo que constituía el argumento central del gobierno y de los empresarios en contra del incremento, hoy se congela esa reforma legal y se pretende imponer nuevamente un minisalario de pobreza, prueba de ello es la burla del 3.4 por ciento de incremento salarial impuesto ayer en la UNAM con la clara intención de extenderlo en el resto del país. Por lo visto los datos duros que se han acreditado contra la miseria salarial artificialmente impuesta han sido letra muerta, condenando a los hombres y mujeres que trabajan a la informalidad o a la migración.
La corrupción y la impunidad van de la mano; se han convertido en la imagen de nuestro país en el mundo entero. Éstas se reproducen en todos los espacios, lo vemos en las historias y denuncias que aparecen en los diarios, de funcionarios, empresarios o corporaciones poderosas que siempre terminan sin verse afectados por su indebida conducta. Es más fácil que una pobre mujer que paga sin dolo con un billete falso pase un largo periodo en la cárcel, que molestar o apresar al diputado que fue grabado dando instrucciones para inflar precios de servicios y recibir una parte del negocio fraudulento. Basta observar el perfil de los presos de nuestras cárceles para confirmar que están llenas de pobres.
En el pasado se han presentado distintas iniciativas para reformar íntegramente el sistema de justicia. Años atrás, la Suprema Corte convocó a una consulta nacional sobre el tema; se hicieron múltiples aportes en todas las áreas y se elaboró un llamadoLibro blanco. En otro tiempo, Samuel del Villar elaboró propuestas en esa misma línea. Todavía tenemos presentes los análisis a escala local que formuló un equipo encabezado por Miguel Sarre. Todo ello va quedando en el olvido, porque hay una gran resistencia al cambio, derivada del interés de los grupos de poder, que se retroalimentan, reproducen en un pequeño número y se protegen a toda costa. Para ello, controlan la política y la economía y mantienen a esa clase parasitaria que impide que nuestro país dé el salto hacia una nueva legalidad que haga realidad los principios de igualdad contenidos en nuestras declaraciones fundacionales y en los convenios que hemos compartido formalmente como miembros de la comunidad internacional.
La opacidad es un elemento colateral. La constante resistencia de las dependencias públicas a brindar información demuestra que hay una red de complicidades en la que los implicados se protegen recíprocamente. Un ejemplo a destacar es el proceso de formulación de la nueva Ley General de Transparencia y Acceso a la Información Pública en el ámbito gremial, renglón que pertenece a ese submundo de las relaciones laborales, el cual, sin embargo, es fundamental, porque podría convertirse en un factor de equidad, de justicia y de propuesta en políticas públicas, como sucede en otros países.
A pesar de los avances que en materia constitucional se han dado durante los últimos 40 años, tendientes a garantizar el acceso público de cualquier persona para conocer y obtener incluso copia de documentos íntegros, como son los contratos colectivos, los estatutos y aquellos que forman parte del expediente de registro sindical, hoy una visión corporativa pretende limitar esta transparencia según se muestra en las dos versiones de ley que el IFAI ha propuesto a la Cámara de Senadores.
Por lo que se ve, el esfuerzo colectivo para lograr que nuestro país sea cobijo de una comunidad más justa tiene distintos frentes. El reto es empujar hacia un cambio verdadero. La primera prioridad, sin duda, es que aparezcan con vida los jóvenes normalistas de Ayotzinapa. Su desaparición ha cimbrado al país y a buena parte del mundo.
La negra noche de México
Elena Poniatowska
A
hora que venía para el Museo de Memoria y Tolerancia, por la calle Luis Moya, leí un letrero impreso en letras negras en un muro que decía: No le temo a la represión, le temo al silencio de mi pueblo, que me remitió de inmediato a los 43 estudiantes normalistas y me hizo pensar en, ¿Qué es ser maestro? ¿Sólo enseñar a leer y a escribir? En México es la Escuela Normal Superior la que surte de maestros a los sitios más alejados y difíciles del país, esos a donde los políticos sólo llegan en época electoral. Para un niño, para un adolescente, ser parte de una escuela es hacerse de amistades y adquirir el sentido de pertenencia. Todos buscamos pertenecer a una comunidad, todos buscamos el privilegio de un amigo. De la escuela sale el compañerismo y el respeto a los demás.
En sitios olvidados como las comunidades de la Montaña Alta de Guerrero, el maestro es mucho más que un simple transmisor de conocimiento, es una autoridad moral, un juez de paz, un médico partero, un comisario, un confesor, el consejero matrimonial y el correo del corazón de los enamorados y en muchos casos el padre y la madre del niño de vientre abultado que lo mira como a su salvador: la solución a todos sus problemas.
Los maestros rurales, alejados de lagrilla sindical y política, aprenden a vivir con la gente, respetan sus costumbres y en muchos casos se desesperan al no poder hacer más por los niños y jóvenes que llegan cada día a sus aulas. Eso les sucedió a Lucio Cabañas y a Genaro Vásquez Rojas que al final de cuentas se desesperaron ante la indiferencia del gobierno y optaron por la guerrilla. Eso le sucedió al maestro del cuento de Juan Rulfo, “Luvina, que (más débil) escogió el alcohol para paliar su exasperación.
Quizá los aspirantes a maestros que entran a la Normal ignoran que su tarea no tiene nada de fácil, porque el que enseña a leer y a escribir reproduce uno de los milagros de Cristo, abrir los ojos a los ciegos y trasmitir la esperanza de un futuro mejor. Los maestros de nuestro país, los que tragan polvo de la montaña y comen tortilla y sal junto a sus estudiantes no sólo son jóvenes aventados sino rayos de esperanza en medio de la negra noche que se abate sobre México.
Hoy en este extraordinario Museo de Memoria y Tolerancia, es bueno reflexionar sobre los 43 muchachos normalistas desaparecidos que tienen que aparecer. No todos nos caemos bien. Muchos toleramos a los trescientos y algunos más que ya casi ni existen, los fufurufos, las misses de los concursos de belleza, los reality shows que fomentan la idiotez, la melcocha y el retraso mental de las telenovelas que se repiten a lo largo de todo el continente, los montajes de la Procuraduría, la justicia con su venda en los ojos, las balanzas chuecas. Lo que ya no podemos tolerar es la impunidad, la burla ante los 43 que se han esfumado, la voracidad y el enriquecimiento de los funcionarios públicos. Este museo es ejemplar y nos obliga a los mexicanos a hacer memoria y es uno de los pocos de América Latina que practican el ejercicio de la ecuanimidad. Siempre recordaré a las ciento y una figuras femeninas del éxodo de las esculturas de Helen Escobedo hechas con palos y trapos blancos que caminaban penosamente una tras otra en la avenida Juárez y todavía hoy nos recuerdan lo que significa no tener país.
El Museo de la Memoria y Tolerancia hizo un altar de muertos con un círculo de cempasúchil que acompaña una frase mía.
Quiero un país donde no haya asesinatos, donde toda la gente tenga las mismas oportunidades. No podemos seguir así, sentados sobre huesos, sobre fosas. Tenemos una causa común, la causa del amor que le tenemos al país y a nosotros mismos y el cuidado de los que vienen después, no sólo de los hijos propios, sino de todos los niños del mundo. ¿Qué les estamos dejando, qué les vamos a decir cuando nos pregunten y tú que estabas haciendo?